1 de octubre de 2026

Perdonar es amar intensamente

La palabra más usada en griego para el verbo perdonar se traduce como “soltar” y, sí, hay que soltar lo que nos impide perdonar. Hay que pedirle a Dios que nos conceda la paz con Él y el arrepentimiento propio.

Nos conviene ser personas fáciles de trato, muy inclinadas al perdón de fondo, rápido, universal, porque, de esa manera, agradamos a Dios, quien siempre nos perdona.

Lo que más nos asemeja a Dios es nuestra disposición a perdonar. En cambio, lo que más nos aleja de Él es el espíritu de venganza, la dureza de corazón y la inclemencia: “te la tengo guardada” o “te la voy a regresar”. 

Los que buscan la venganza se hieren aún más. A lo mejor, desde niños, nos enseñaron a devolver la ofensa. La venganza tiene la dulzura de la serpiente, es suave y venenosa; pero la venganza encadena, mientras que el perdón libera de la carga.

En Génesis 4, se habla de Lamec, prototipo del vengativo. Lamec es un personaje de la Biblia que se vengaba hasta setenta veces siete. Jesús habla de esa forma oriental y dice: “hay que perdonar hasta setenta veces siete”; es decir, de modo ilimitado.

El perdón tiene cuatro características: Debe ser pronto, por todo, siempre, y a todos. Debe alcanzar cualquier ofensa. De algún modo, Dios nos muestra cómo perdonar al enseñarnos el Padrenuestro, que dice: “Perdónanos, como nosotros perdonamos”. Su misericordia es inagotable y nos instruye: “Perdona, tú, también”.

Hay personas que tienen un carácter muy difícil…, y, quizás, son las que más cariño necesitan. Si nos sentimos muy agraviados, hay que pensar que, comparado con lo que sufrió Nuestro Señor por nosotros, es poco lo que sufrimos.

Perdonar es lo más difícil del mundo, quizás, es algo que nos sobrepasa, pero para eso está la ayuda de Dios. Jutta Burgraff dice: “Perdonar es amar intensamente; no es un sentimiento, es una decisión”. 

Recuerda que, cuando perdonas, no cambias el pasado, cambias el futuro

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