1 de octubre de 2026

Perdonar y ser perdonados

Hablar, por parte de Jesús, a los fariseos, a eso se le llama “denuncia”. No es posible vivir lleno de riquezas y de comida, con la mirada cerrada a las necesidades de los más pobres.

Hablar a los discípulos es parte de la enseñanza que se inició con un encuentro cordial, incondicional, amoroso; es parte de crecimiento en la fe, que, en este caso, Jesús les habla del perdón fraterno; sí, un amor fraterno exagerado, como Él mismo lo dará desde lo alto de la Cruz y, si se trata de contar, será hasta setenta veces siete. 

Es de tal importancia el perdón que conviene hacer algunas aclaraciones. La primera es que el perdón va más allá de un sentimiento, es una convicción profunda. Algunos dicen que no han sabido perdonar, porque siguen sintiendo el mismo dolor o rencor. Yo les digo que, cuando Jesús, desde la Cruz dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, no es que sintiera muy bonito, simplemente, su perdón era consecuencia de su amor por nosotros, no de su sentimiento. 

Tampoco el perdón radica en una simple disculpa: “no, aquí no pasó nada”. Claro que sí pasó algo y hay que caminar por eso que sucedió, pero perdonando. “No, no tengo nada que perdonar”, dicen muchos, viviendo una realidad fuera de la condición humana. O, la que es más rara: “perdonar, solo Dios perdona”, cuando es el gran poder que el Señor nos ha dado y la gran experiencia de convivencia humana que podemos tener.

Perdonar y ser perdonados, ir siempre más allá de las razones que podamos tener para no hacerlo: todo eso es gracia y bendición, elemento integrador de comunidades fraternas, solidarias y creciendo siempre como signos de una Iglesia viva.

Ser discípulos de Jesús solo se puede compaginar con un perdón incondicional. Lo advierte claramente Jesús.

Y, además, para esto, hay que precaverse para que no sucedan escándalos: caminar con cuidado, evitando toda palabra y acción que pueda ser motivo de escándalo para los más pequeños. Jesús tiene buen cuidado de que los suyos, sus pequeños, crezcan sanos, fuertes, armónicamente. De ahí la grandeza del castigo, para quien se atreva a escandalizar.

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