1 de junio de 2026

¿Cómo actúa Dios en el mundo?

El ser humano vive siempre inmerso en sus circunstancias, marcado por los acontecimientos que configuran su vida personal, familiar y social. Como afirmaba Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”.

Dios es Creador, no fabricante. Su obra consiste en dar existencia y permitir que cada ser se desarrolle conforme a su naturaleza y libertad. Como señala F. Varone: “Dios crea para hacer existir, dejar existir y entregar la existencia”. La Providencia divina se manifiesta con discreción: inspira, pero no organiza. Esa inspiración impulsa al hombre a colaborar en la tarea creadora, confiando en las mediaciones humanas y animándolo a asumir el papel del buen samaritano.

No todo lo que acontece responde al plan divino, cuyo fin último es la felicidad del hombre. El creyente descubre que Dios permanece cercano, otorgando sentido —desde su ser de vida y amor— a aquello que parece carecer de significado. A la luz de la fe, el hombre reconoce que Dios lo libera de las fuerzas del mal y lo conduce hacia la plenitud de la vida.

El hombre de fe se comprende como colaborador en la obra de la existencia, mediador entre los seres y la plenitud liberadora. Su misión es otorgar sentido a la creación, que oscila entre la nada y Dios. Dar sentido significa abrir la existencia a la resurrección y a la vida plena.

En definitiva, la vida humana se despliega entre la fragilidad de la nada y la plenitud que proviene de Dios. El hombre, situado en sus circunstancias, descubre que su vocación no es dominar la creación, sino participar en ella, otorgándole sentido y abriéndola a la esperanza. La fe ilumina el camino y revela que la existencia, aun en medio del dolor y el aparente sin-sentido, está llamada a la plenitud.

Dios, discreto en su Providencia, acompaña al hombre como fuente de inspiración y libertad, confiando en su capacidad de ser mediador y buen samaritano. Así, cada gesto de amor y cada acto de solidaridad se convierten en participación viva en la obra creadora.

El creyente, al dar sentido a lo que vive, se convierte en testigo de la resurrección y artesano de la vida plena. Porque dar sentido es abrir la existencia al horizonte de Dios, que es vida y amor, y que conduce a toda la creación hacia la plenitud liberadora.

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