Amigos lectores, el mes pasado hablamos del amor de Dios. Y, sí, suena bonito… pero también es algo muy real: Dios te ama tal como eres y lo único que te pide es que te dejes amar. Quiere que vivas como hijo suyo, libre y feliz, aquí y en la vida eterna.
Pero, siendo honestos… algo pasa. Porque, aunque Dios nos ama, muchas veces nosotros nos alejamos de Él. ¿Cómo? A través del pecado. “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” Rm.3,23. La mala noticia es que, todos somos pecadores.
Y eso explica muchas cosas: ¿Por qué hay tanta violencia, injusticia y dolor en el mundo? ¿Por qué en las familias hay pleitos, divisiones o distancias? ¿Por qué a veces nosotros mismos vivimos con envidia, ansiedad, tristeza o vacío? Todo eso tiene una raíz: el pecado.
El pecado no es solo “romper reglas”. Es algo más profundo: es querer vivir sin Dios, como si no lo necesitáramos. Es decirle, consciente o inconscientemente: “yo puedo solo”. Pero ahí está el problema… no podemos.
Además, el pecado no es inofensivo. Tiene consecuencias. Jesús lo dijo claramente: “Todo el que comete pecado, es un esclavo”. (Jn.8,34) Y se nota, porque el pecado te engancha, te ata, te quita libertad. Empieza como algo pequeño y termina dominando.
Ahora, seamos sinceros: este tema incomoda. A nadie le gusta pensar que está mal. Es más fácil decir: “yo no hago nada grave”. Pero la verdad es otra: “No hay justo, ni siquiera uno”. Rm.3,10-12
Aquí hay dos caminos: Los que reconocen que fallan y los que se hacen los que no pasa nada, Jesús fue muy duro llamándolos “sepulcros blanqueados”. “Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero, por dentro, están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. Mt.23,27
Entonces, ¿qué hacer? La clave está en algo muy sencillo, pero muy valiente: reconocerlo. Porque hay algo fuerte que no podemos olvidar: el único pecado que no tiene perdón es el que no queremos reconocer.
Hoy, la invitación es clara: Deja de justificarte, deja de esconderte y atrévete a ser sincero con Dios. Porque, cuando reconoces tu pecado, no te hundes… empiezas a sanar.
