1 de junio de 2026

El pecado nos aleja de lo que realmente queremos

Amigos lectores, el mes pasado hablamos del amor de Dios. Y, sí, suena bonito… pero también es algo muy real: Dios te ama tal como eres y lo único que te pide es que te dejes amar. Quiere que vivas como hijo suyo, libre y feliz, aquí y en la vida eterna.  

Pero, siendo honestos… algo pasa. Porque, aunque Dios nos ama, muchas veces nosotros nos alejamos de Él. ¿Cómo? A través del pecado. “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” Rm.3,23. La mala noticia es que, todos somos pecadores.

Y eso explica muchas cosas: ¿Por qué hay tanta violencia, injusticia y dolor en el mundo? ¿Por qué en las familias hay pleitos, divisiones o distancias? ¿Por qué a veces nosotros mismos vivimos con envidia, ansiedad, tristeza o vacío? Todo eso tiene una raíz: el pecado.

El pecado no es solo “romper reglas”. Es algo más profundo: es querer vivir sin Dios, como si no lo necesitáramos. Es decirle, consciente o inconscientemente: “yo puedo solo”.  Pero ahí está el problema… no podemos.

Además, el pecado no es inofensivo. Tiene consecuencias. Jesús lo dijo claramente: “Todo el que comete pecado, es un esclavo”. (Jn.8,34) Y se nota, porque el pecado te engancha, te ata, te quita libertad. Empieza como algo pequeño y termina dominando.

Ahora, seamos sinceros: este tema incomoda. A nadie le gusta pensar que está mal. Es más fácil decir: “yo no hago nada grave”.  Pero la verdad es otra: “No hay justo, ni siquiera uno”.  Rm.3,10-12

Aquí hay dos caminos:  Los que reconocen que fallan y los que se hacen los que no pasa nada, Jesús fue muy duro llamándolos “sepulcros blanqueados”. “Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero, por dentro, están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. Mt.23,27

Entonces, ¿qué hacer? La clave está en algo muy sencillo, pero muy valiente: reconocerlo. Porque hay algo fuerte que no podemos olvidar: el único pecado que no tiene perdón es el que no queremos reconocer.

Hoy, la invitación es clara: Deja de justificarte, deja de esconderte y atrévete a ser sincero con Dios. Porque, cuando reconoces tu pecado, no te hundes… empiezas a sanar.

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