El ser santo es una realidad desde el día de nuestro bautizo, no es algo que buscamos acceder u obtener por méritos, sino, muy al contrario, es una gracia que Dios nos da, al hacernos sus hijos el día de nuestro bautismo.
Pues el agua bautismal quita, a cada uno de los que con ella se bañan, todo vestigio de pecado, pero también toda liga con el maligno y el mundo. El bautismo no quita de nosotros la sensibilidad al mal y a sus ofertas perversas, más si nos da la fuerza e inteligencia para no caer en la seducción que nos provoca.
No nos quita la curiosidad y el ánimo de explorar, más allá de lo correcto, pero nos da la vergüenza y la conciencia del mal que hemos hecho; con ello, nos dota del equipaje que debemos cargar durante todo el camino de nuestro tránsito por el mundo, el cual recorremos en el sentido que nuestra voluntad y deseo nos lleve.
Dios siempre nos presenta los signos de la ruta por la que debemos transitar, pero siempre deberemos estar atentos a esa llamativa llamada del mundo y del mal, que busca desviarnos.
La santificación es el hecho de convertir todo lo que somos, hacemos o tenemos en algo inherente de Dios; que todo esté habilitado para que la presencia de Dios se haga manifiesta y sensible, por lo que la santificación debe originarse a partir de nuestro testimonio, de nuestra forma de actuar y responder al otro que clama y solicita a Dios respuestas.
Nuestra docilidad a la voluntad de Dios se expresa con actos comunes y verdaderos que surgen de lo más íntimo de nuestro ser y del amor que somos capaces de manifestarle al que con nosotros está.
Dios al llamarnos a ser sus hijos, también nos hace capaces de hacerlo presente todos los días de nuestra vida, pues nos ha formado a su imagen y semejanza; por ello nos pide ser santos como lo es Él, porque es propio de nosotros imitar a Dios desde nuestra propia individualidad y nuestra originalidad, puesto que Jesús nos ha mostrado el camino que debemos seguir, ruta del auténtico amor.
