6 de julio de 2026

Itinerario Espiritual

Hace algunos años, vi, en los anuncios de una iglesia, la invitación a una caminata para jóvenes, con los Padres Carmelitas. Decidí pedir informes. 

Días después, salí rumbo a una nueva aventura. Llegué a las calles de Tacubaya, un lugar desconocido para mí y un tanto peligroso, calles solitarias y gente extraña. 

En mi marcha, había inquietud y entusiasmo, al estar iniciando una experiencia nueva; ya conocía a los padres carmelitas, llegué y entré al templo de San Joaquín. Algunos cofrades oraban en silencio, musitando cánticos a la Virgen del Cielo, María del Carmelo. Participé de la Eucaristía y, después, me reuní con los demás jóvenes, unos 100, que participábamos en la excursión; no conocía a nadie. El itinerario, Ciudad de México, Tenancingo y Santo Desierto. 

Llegando a Tenancingo, pudimos descansar un rato, escuchar algunas charlas, convivir, conocernos y compartir nuestras tortas y refrescos; era un pueblecito rústico y campestre. A las 5:00 pm, iniciamos el camino a pie, cargamos con las mochilas y emprendimos la aventura por las veredas, en pleno monte. Nos pidieron ir en silencio. A medio camino, nos dieron una plática sobre la vida de los santos, que motivara nuestro andar por la experiencia mística en la que vivieron sumergidos. 

Poco a poco, nos vimos envueltos por la oscuridad y empezamos a disfrutar de las estrellas; delante, solo se distinguía la silueta del compañero que iba al frente. Llevábamos prendidas pequeñas linternas artificiales y, de vez en cuando, nos dábamos la mano para no caer. A pesar del trecho en completa oscuridad, experimentaba compañía, disfrutaba del cantar del río, el rumor del silbido del viento, la frescura de la noche, el cantar de los grillos y pajarillos, el sonido del caminar de los tenis del compañero y el susurro de mis pensamientos. 

Nos detuvimos en un paraje, hicimos una fogata, cantamos y dormimos ahí; tenía mucho frío, a veces, se me olvidaba, extasiada mirando al cielo tantas estrellas; así, pasaron las horas hasta el amanecer.

Nos despertamos muy temprano y emprendimos el camino. Esta parte del recorrido fue especial, pues, aunque íbamos unos detrás de otros, me experimentaba sola: pensaba que, si mi vocación fuera la vida religiosa, así sería, entre caminos solitarios. No sé el porqué de este pensamiento, que lo recuerdo como si fuera un oráculo que me revelara mi destino. Aún puedo saborear esa soledad, ese estar sin nadie, estar con todos y caminar con Dios. 

Finalmente, llegamos al Santo Desierto, descansamos y tuvimos la Eucaristía, dando gracias a Dios por todo lo recibido. Estoy convencida que nuestra vocación está plasmada en la historia de vida, nuestras experiencias son nuestro camino espiritual…pienso que valió la pena haber ido más allá. Siempre, siempre, intentemos más.

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