10 de septiembre de 2026

 La fatiga de ser fuerte

Hay un cansancio que no se quita durmiendo porque no es físico, es aquel que viene del alma, de sostenerlo todo y a todos por mucho tiempo. Es la fatiga de ser fuerte.

Es el quebranto del que resuelve, del que no llora, del que siempre dice «yo puedo», del que parece que nunca se cae, pero por dentro ya no puede más.

Si alguna vez te has sentido así, esta reflexión es para ti.

Ser fuerte agota, porque te obliga a vivir en control, a tener siempre la respuesta, la solución, la calma. Y esto te brinda seguridad por un momento, pero después se vuelve una carga muy pesada y llega el día en que te rindes y aceptas que no todo depende de ti y que no todo lo puedes resolver tú mismo.

Y es justo ahí donde empieza tu verdadera fortaleza.

Ser fuerte no significa estar de pie siempre, es saber cuándo arrodillarse para soltar; porque hay batallas que no se ganan luchando más, se ganan entregándolas justo en ese momento sagrado en el que te detienes con humildad y dices: “Dios, hasta aquí llegué yo, de aquí en adelante te toca a Ti».

Y eso no es rendirse, es entender que soltar también es aprender a confiar: a dejar de lado la culpa, la complacencia y ese papel de salvador que te has echado encima para aferrarte entonces a lo que sí te toca: a la esperanza, a los valores y a ese ratito de oración en la mañana que te regresa a tu centro. 

Por eso hoy y siempre, suelta esa fatiga de ser fuerte. Al final, descansar también es un acto de fe. Recuerda que no fuiste creado para ser invencible, sino para ser sostenido por Dios. 

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