3 de agosto de 2026

La batalla de cada noche

Después de cenar, llega el momento de recoger los juguetes, ponerse el pijama y lavarse los dientes. Todo parece ir bien, hasta que aparece la frase de siempre: «Un ratito más». Después, llega el vaso de agua, el peluche que no aparece, otro beso, otro cuento… y, casi sin darnos cuenta, han pasado treinta minutos. Si esta escena le resulta familiar, puede estar tranquilo: ocurre en la mayoría de las familias.

La hora de ir a la cama es uno de esos momentos que, sin hacer ruido, educan. No se trata solo de conseguir que los niños duerman las horas necesarias, sino de enseñarles que, en casa, existen rutinas, horarios y límites que ayudan a convivir mejor. 

Los niños ponen a prueba las normas, porque esa es su forma de aprender. Si descubren que, insistiendo un poco, consiguen quedarse diez minutos más viendo dibujos, volverán a intentarlo al día siguiente. No lo hacen por desafiar a sus padres, sino porque están explorando hasta dónde pueden llegar. Por eso, la constancia es mucho más eficaz que levantar la voz.

Las rutinas funcionan, porque aportan tranquilidad. Cuando cada noche sucede lo mismo —cena, baño, pijama, dientes, cuento y a dormir—, el cuerpo y la mente entienden que el día está terminando. Incluso los niños más inquietos acaban anticipando ese momento y lo viven con menos resistencia. Algunos leen juntos un capítulo de un libro; otros aprovechan para preguntarse cuál ha sido el mejor momento del día o qué les ha hecho reír. Son conversaciones breves, pero muy valiosas. Esos cinco o diez minutos de atención exclusiva pueden convertirse en el recuerdo más bonito de la infancia.

Sin embargo, es difícil convencer a un niño de que obedezca, cuando los adultos siguen respondiendo mensajes en el móvil desde la cama. Los hijos aprenden observando, mucho más de lo que imaginamos. 

Habrá noches con llantos, con pesadillas o con un cansancio que pondrá a prueba la paciencia de todos. Educar no consiste en que todo salga siempre bien, sino en mantener el rumbo con cariño, serenidad y firmeza. La hora de acostarse es mucho más que apagar la luz. 

Es un momento para enseñar hábitos, transmitir seguridad y recordar a nuestros hijos, con un cuento, un beso o un simple «buenas noches», que siempre terminan el día sintiéndose queridos.

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