Abogadas, nutriólogas, creadoras de contenido, periodistas, una emprendedora, activistas. Historias incomparables. Y, sin embargo, todas me dijeron lo mismo. Hablamos mucho del techo de cristal, como una estructura de afuera.
Una empresa que no nos asciende; un consejo de administración que no nos considera; un país que no nos paga lo mismo. Todo eso existe: está documentado, está medido y es injusto.
Pero las historias de esta temporada me dejaron una idea, que no aparece en las estadísticas: el primer techo de cristal que las mujeres rompemos, siempre, es el de adentro. El que ponemos nosotras mismas para no incomodar; para no ocupar más espacio del concedido; para no decir lo que vemos; para no perder la aprobación; para no ser “histéricas”; para no quedarnos solas.
Romper ese techo es parte de lo que podemos empezar a hacer, para no quedarnos de brazos cruzados, hasta que las cosas sean justas y perfectas.
Y es que lo que más me sorprendió de estas mujeres fue lo que lograron, después de romperlo. Flor fue despedida y fundó Reparalumea; Daniela perdió sus acciones y creó Ramona; Raquel se quedó sin pacientes y abrió un instituto; Fernanda impulsó la Ley Olimpia.
Todas partieron de una herida y decidieron hacer algo con ella. Cada una construyó la herramienta que le hubiera servido tener.
Las mujeres no tenemos que resolver nuestras heridas en privado. Hay que convertirlas en infraestructura pública, para generar cambios. Donde no hay información, la escribimos; donde no hay ley, la empujamos; donde no hay refugio, lo creamos. Es la forma más concreta de poder que conozco: la de quien convierte su experiencia en algo que pueda ayudar a otras.
Ese es un indicador que no aparece en los rankings de equidad, ni en los informes de diversidad, pero es el que sostiene a la siguiente generación. Porque, cada vez que una mujer transforma su herida en aportación pública, le abre los techos a mil mujeres más…
