6 de julio de 2026

Acepta el don, Jesús te ofrece la salvación

Queridos lectores, avanzamos en este camino de nuestra fe cristiana. En reflexiones anteriores, hemos profundizado en dos grandes verdades fundamentales.

En primer lugar, que Dios nos pensó desde la eternidad y nos creó por amor y para el amor. Esto significa que no somos fruto del azar, sino de un designio amoroso: Dios nos ama de manera personal y desea lo mejor para cada uno de nosotros.

En segundo lugar, hemos considerado la realidad del pecado. El pecado consiste en darle la espalda a Dios y pretender vivir únicamente con nuestras propias fuerzas. Sin embargo, esta aparente autonomía tiene consecuencias profundas: el pecado esclaviza, atrapa al ser humano y le hace perder su verdadera libertad. Lejos de liberarnos, nos encadena.

Así, encontramos una tensión clara: Dios nos ama incondicionalmente, pero el pecado nos impide experimentar plenamente ese amor. Nos aleja de Él y nos sumerge en una vida marcada por la fragilidad y la incapacidad de salvarnos por nosotros mismos.

El ser humano, por tanto, necesita salvación.

Dios, como creador, conoce profundamente nuestra debilidad. Sabe que necesitamos ayuda para levantar la mirada y volver a Él. Por eso, no nos abandona, sino que nos ofrece una solución concreta y definitiva: Jesucristo. Como nos dice el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”, Jn.3,16-17.

Jesús, mediante su muerte y resurrección, nos ha liberado del pecado y nos ha regalado una vida nueva. Su sacrificio no solo limpia nuestras faltas, sino que restablece nuestra relación con Dios. Gracias a Él, podemos vivir en paz con el Padre.

Lo más admirable de este misterio es que la salvación es un don gratuito. Cristo ha pagado por nosotros con su propia vida. No es algo que podamos comprar, ni merecer por nuestras obras; es un regalo nacido del amor de Dios. 

No se nos exige una deuda, sino una respuesta: acoger con fe ese don.

Por eso, lo esencial es abrir el corazón y aceptar la salvación que se nos ofrece en Jesucristo, el único Salvador. Como afirma la Escritura: “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados”.  Hch.4,12

Aceptar este don transforma la vida; nos devuelve la libertad; nos reconcilia con Dios; y, nos permite caminar con esperanza. 

La invitación está hecha: vivir en la gracia, dejar atrás las cadenas del pecado y entrar en la vida nueva que Cristo nos ofrece.

Deja un comentario