6 de julio de 2026

Nadie nos vio callar

Desde hace unos meses, no he podido dejar de pensar en una pregunta: ¿qué hacemos las mujeres con los secretos que nos confían otras mujeres?

Esta historia de ficción nació de ahí, pero también de las conversaciones que he escuchado, muchas veces, sobre los silencios que heredamos y los secretos que, con frecuencia, nos condenan a permanecer calladas.

Los recuerdos regresan: las lágrimas suplicantes de mi hermana pidiéndome silencio, sus ojos verdes de vergüenza, cuando me mostró las manchas oscuras en su falda blanca y sobre su piel morena. Tras horas naufragando en la regadera, no quiso volver a hablar.

Cinco meses después, aún escucho la voz de mi hermana en mi cabeza: “Nadie puede saber. Nunca me verán igual.”

Respiro y me envuelve ese alivio frágil, que he sentido en las ocasiones en que mi hermana me ha mentido sobre el fin de su relación. Ese lobo que la hace llorar de madrugada y se alimenta de su miedo.

Pero los secretos siempre encuentran la forma de colarse en los minúsculos parpadeos del día. Por sobre el hombro, del otro lado de las ventanas, entre las sombras de las nubes. Siempre están cerca de mí, envolviéndome con su tentación, cuestionando mi decisión de no contar lo que no es mío.

Mantener los secretos, aunque haya moretones; heredar información de pecados ajenos y aprender a tragarse el dolor… pero los secretos son siempre prisiones. 

Un teléfono vibra. Cruzo miradas con mi hermana. La pantalla de su celular se ilumina brevemente y sus ojos caídos me dicen que la llama el lobo que la acecha. De la mesa, no se levanta la joven de siempre, sino la niña que me suplicó silencio. No sé si ir tras ella o quedarme inmóvil, como si cualquier movimiento fuera a delatarme.

Solo capto fragmentos de su voz. Siento el pulso en las sienes, insistente; la impotencia me aplasta desde dentro y mis gritos ahogados rasguñan mi garganta con furia y dolor: secreto tras secreto.

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