1 de junio de 2026

El horror de la religión condicionada

Pero, entonces, ¿se puede amar si no se tiene la libertad de hacerlo? ¿Se puede verdaderamente elegir “ser de alguien” cuando no hay otra opción? 

A mí, siempre me ha gustado entender la religión como una relación romántica. De hecho, incluso me he atrevido a decir en varias ocasiones que una buena canción religiosa es aquella en la que puedes cambiar la palabra “Dios” por “pareja” y no pierde su significado. En ese sentido, creo que las mismas condiciones para el amor deberían aplicar para la religión. 

Entonces, si entendemos eso, ¿por qué nos empeñamos en imponer una creencia religiosa a alguien que no quiere tenerla? 

Ojo, esto no implica que, como Iglesia y como cristianos, no estamos llamados a una labor misionera. Entender la libertad de elección, de amor y, por ende, de religión, no elimina la misión de extender el Evangelio; al contrario, engrandece la misión al entender que el Evangelio no habla por medio de proselitismos y campañas de marketing, sino que habla de corazón a corazón, en ese lugar donde la libertad, dada por Dios a sus hijos, habita y donde el deseo de trascendencia actúa en el amor. 

Al respecto, Benedicto XVI decía dos cosas muy importantes, en su encíclica Deus Caritas Est: el cristianismo “no comienza por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona”, con Jesucristo; la caridad no puede ser usada como un medio de proselitismo, sino que debe ser gratuita y no usada para obtener otros objetivos. En ese sentido, el Papa emérito explora y nos explica que, para poder ser cristianos, debemos ser testimonios de amor en el mundo. 

Actuemos de tal forma que nuestro actuar sea un reflejo transparente del Amor de Dios en el mundo. Que nuestra misión sea extender la misericordia, la compasión y el perdón que Cristo nos enseñó. Solo de esa forma podemos tener una religión verdaderamente unificadora con Dios y vivificante en Dios; y no la parodia de una religión condicionada al castigo o al infierno. 

¡Ánimo firme! ¡Qué Viva la Cruz, transparente en el Amor!

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