Nuestras vidas, inmersas en el actual vértigo de acontecimientos, de noticias intrascendentes, trágicas, o subliminalmente conductivas, de inventos portentosos, que, como nunca, nos llegan a todos por la “magia” de los medios de comunicación sorprendiéndonos, ayudándonos y en ocasiones esclavizándonos.
Bombardeo que nos llega, uno tras otro, en fragmentos de segundo, que nos va envolviendo, impregnando, haciéndose parte de nuestro respirar y existir… y que, casi sin darnos cuenta, va impidiendo, paralizando, destruyendo, las tres características que nos hacen humanos:
1) El raciocinio o capacidad de pensar y reflexionar.
2) La libertad.
3) Ese soplo que llamamos alma y su relación con el Creador.
Frente a esto, nadie puede librarse, ni niños, ni jóvenes, ni adultos, ni ancianos, ni hombres, ni mujeres, no escapamos ni solteros, ni casados o consagrados.
El grado de afectación es, hasta cierto punto, medible, bastaría “escaparnos”, como Jesús, en Mt. 13,1, que sale de casa y se va solo a sentarse en silencio frente al mar, es decir, salir del ambiente cotidiano y sentarnos frente al Infinito, respirar y dejar que nos penetre y nos llene el aire del Espíritu…
Y preguntarnos sobre si la relación que tenemos con Dios matiza nuestro actuar ¿Cómo? ¿Hasta dónde nos lleva? ¿Lo vemos en los demás hombres?
Tres simples preguntas que necesitan verídicas respuestas y sabríamos…
- si nuestra vida de fe está muerta, aunque continuemos respirando, trabajando, rezando, comiendo, divirtiéndonos. Ap. 3,1-3
- si hemos caído en la tibieza, en la que ni somos fríos ni tampoco calientes y que corremos el riesgo de ser vomitados de la boca de Dios. Ap. 3, 15-17
- si vivimos “entusiasmados” respirando, nutriéndonos y correspondiendo al amor de Trinitario y en camino hacia la santidad. Ap. 2, 10.
