4 de mayo de 2026

Alfonso Pérez Larios, M.Sp.S. (mayo)

Continuación…

LA ESPIRITUALIDAD DEL HERMANO ALFONSO, SUS VIRTUDES CRISTIANAS

3. Práctica de las virtudes fundamentales de la vida cristiana.

Habiendo quitado los mayores obstáculos del camino espiritual, el Espíritu Santo inspira al alma la práctica de todas las virtudes cristianas; especialmente insiste en las más necesarias según la vocación de la persona. Es notable cómo le inspiraba a Alfonso ciertas virtudes que, después, le fueron utilísimas: a) la humildad, b) la abnegación, c) las virtudes teologales y d) las virtudes propias del religioso.

Se presentan aquí cuatro apartados de virtudes, según la íntima revelación del alma de Alfonso, en sus cartas de Dirección Espiritual al Padre Félix, en el capítulo XIV, en cambio, se hablará de las mismas virtudes, pero según lo que veían los que convivían con él.

a) Humildad

Fue un rasgo característico suyo, pero nunca se dio cuenta de que poseía esta virtud: Alfonso decía que carecía en absoluto de humildad: «¡Si viera cómo soy interiormente! Me tomo mucho de los beneficios que Dios me concede, aprovechándome como si de mí dependieran, soy soberbio; por más que quiero ser humilde, no puedo, si exteriormente manifiesto algo, mi juicio no quiere doblegarse, por más luchas que hago, siempre queda como una espina que no me deja estar en paz. Dígame, ¿qué hago para despreciarme?

El Espíritu Santo le dio muchas luces acerca del papel importantísimo que la humildad iba a jugar en su vida espiritual y, por eso, Alfonso la pide con insistencia: «¡Cuánto puede santificarse un religioso como Coadjutor, cuántas veces al día puede humillarse sin ser humillado!” Amado Padre, pida mucho por mí, para que alcance la verdadera virtud de la humildad, porque estoy seguro de que, con esa virtud, todo se tiene; porque, quien ama es humilde».

Estas luces de Dios le hicieron descubrir un medio práctico para alcanzar esta virtud: «Meditando cómo ser humilde y amable, no encontré más medios que el guardar silencio, cuando me hicieran alguna reprensión o me manifestaran disgusto, ya por mi culpa o sin ella; digo: guardar silencio y no contestar luego, porque se piensa mejor lo que mejor se debe decir y, hoy, pues tomé esa resolución».

Continuará…

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