Seamos uno solo
El PAPA León XIV, nos dice que el Evangelio de Jn 17,20 nos muestra a Jesús en la Última Cena, ya cercano al final de su vida terrena, y, sin embargo, en ese momento, ora y piensa en nosotros. También nosotros, al entrar con confianza dentro de la oración de Jesús, nos vemos envueltos, por su amor, en un gran proyecto que abarca a toda la humanidad.
Cristo nos pide que todos seamos una sola cosa (cf. v. 21). Este es el mayor bien que se puede desear, porque el Padre da la vida, el Hijo la recibe y el Espíritu la comparte. El Señor quiere que seamos uno.
Jesús nos revela que Dios nos ama, como se ama a sí mismo. El Padre nos ama de manera infinita, ¡ama antes que nadie! Desde su misericordia, Dios nos acoge a todos los hombres en su abrazo; y es su vida, la que se nos entrega por medio de Cristo, la que nos hace uno y nos une entre nosotros.
El PAPA nos dice que hemos recibido la vida antes de haberla deseado. Apenas nacemos, necesitamos de los demás para vivir; solos no lo hubiéramos logrado. Se lo debemos a alguien más, que nos salvó, se hizo cargo de nosotros, de nuestro cuerpo y también de nuestro espíritu. Todos nosotros vivimos gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.
A veces, esta humanidad se ve traicionada. Como cuando se invoca la libertad para quitar la vida, no para proteger, sino para herir. Sin embargo, incluso frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros. Su oración es un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación para todos.
Esta oración da sentido a los momentos luminosos de nuestro amor como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser “uno”, tal y como el Señor quiere que seamos, “uno”. En nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancia y edad de la vida.
León XIV, expresa que, si todos nos amamos sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos.
