Cuando imaginamos nuestra relación con Dios, solemos plantear escenarios con misticismo y sentimientos positivos. No es raro escuchar a gente espiritual diciendo cosas como, “es que me siento lleno cuando oro” o “no necesito nada más, si estoy con Dios”. Ese pudiera ser el ideal de la vida mística de cada cristiano, sin embargo, al ser un ideal, también es cierto que no siempre se siente uno así, cuando se refiere a Dios. Entonces, surge la pregunta: ¿se vale enojarse con Dios?
A lo largo de la historia, podemos ver ejemplos de cómo hay sentimientos negativos o de temor ante la presencia de Dios en nuestras vidas. El ejemplo por excelencia de esto es Job, quien, nos narra la Biblia, perdió a toda su familia y sus bienes, después de que Dios permitiera al diablo acabar con la prosperidad de Job. Todo el libro trata sobre la historia, argumentos, lamentos y quejas de Job contra Dios, por permitir todas sus desgracias.
Otro ejemplo es el mismo Cristo, que, en plena crucifixión, clama en tono de lamento y queja contra su Padre “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Eso mismo puede llegar a sucedernos, a cada uno de nosotros, en nuestra vida cotidiana, cuando las dificultades, las noches oscuras y los malos ratos pueden sacar desde el corazón un sincero “¿por qué eres tan malo conmigo, Señor?”.
A la pregunta inicial sobre la validez del enojo con Dios, la respuesta es que sí, es válido enojarse con Dios y nadie debería sentirse culpable, si alguna vez en la vida se ha enojado con Él. Sin embargo, ese enojo solo puede ser fructífero, cuando es el inicio de un diálogo profundo con uno mismo y con Dios. Si el enojo únicamente es autocomplaciente y con el mero fin de descargar la responsabilidad en alguien más, deja de ser válido.
En ese sentido, el enojo contra Dios podría considerarse como un llamado desde nuestro corazón, de encontrar sentido a los problemas cotidianos y cuya respuesta solo podemos encontrar en ese Padre amoroso y misericordioso que, ante nuestra desesperación, solo sabe responder con amor y compasión.
¡Ánimo firme! ¡Qué viva la Cruz!
