El Sacramento del Matrimonio tiene un ritual especial para su celebración, es instituido por Jesús y se lleva a cabo frente a un sacerdote o diácono, que funge como ministro y frente a la comunidad, que es testigo de la celebración.
De los siete Sacramentos, hay dos que tienen un matiz especial, pues son una vocación: el Matrimonio y el Orden sacerdotal.
El Papa Francisco nos dice: “El matrimonio responde a una vocación específica y debe considerarse como una consagración: El hombre y la mujer son consagrados en su amor. Los esposos, en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas y ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella, en la fidelidad y en el servicio”.
El matrimonio es entrega incondicional, por amor, entre los conyugues. Es el llamado en el que un hombre y una mujer deciden unir sus vidas para acompañarse hasta el fin, siendo fieles al compromiso hecho entre ellos mismos y frente a Dios de amarse y respetarse todos los días.

La finalidad del matrimonio es formar una familia, siendo indispensable la presencia de un hombre y una mujer que, en un futuro, si Dios lo permite, serán madre y padre, pues han comenzado dos y, por mandato y vocación, tendrán hijos y formarán una familia.
La vocación al matrimonio es un don, que se debe de celebrar con alegría y gratitud, tomando como ejemplo a la Sagrada Familia y sin olvidar que la familia es imagen de la Santísima Trinidad, ya que, en sí misma, lleva paternidad, filiación y su base y columna son el amor.
Es muy bello que se desarrolle el hábito de rezar en familia, para que siempre se cuente con la bendición de Dios y para que Él sea su cimiento, con su presencia constante, para que vivan consagrados al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.
Que María, como en Caná de Galilea, acompañe e interceda por los que han sido llamados al matrimonio.
