1 de junio de 2026

Cristo vive en mí

Las palabras del Evangelio están ahí desde hace mucho, nos hemos encontrado con ellas, hemos procurado hacerlas luz en el camino de la vida, hemos dado respuestas, nos hemos sentido felices de tenerlas ahí, de recurrir a ellas como manantial de vida nueva, como el pan que dejamos en la alacena y que nos alimenta cada día.

Pero, un día, de repente, nos damos cuenta de que no son palabras de fuera, sino palabras que constituyen la esencia misma de la vida; que son palabras sin las cuales ya no podemos vivir; que salen de dentro, que dicen lo mejor de nosotros mismos.

Cuando respondemos a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, todo lo que digamos es poco: para mí, Jesús es un amigo, es mi Dios, el Salvador, es un gran hombre… De repente, suelta Jesús su propuesta: «Si alguno quiere acompañarme, que tome su cruz de cada día y me siga»… Seguir a Jesús es lo mejor que nos puede pasar en la vida…

El P. Félix decía: “Somos de Jesús, hasta la más pequeña fibra del corazón, y hasta las más delicadas vibraciones del alma toda…. Cuando hablamos del amor, sabemos que solo balbucimos, son palabras de cielo, ya no de este mundo”. (ECC 127)

Y dejamos caer las palabras del Evangelio en el corazón para que, de repente, ya no sepamos qué decir, solo gozar, admirar, vivir, adentrarnos más y más en el misterio del “ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. 

«Vengan a mí todos los que estén cansados y agobiados y yo los aliviaré.” Padre, haz que, cuando me acerque a ti, pueda discernir desde lo más profundo de mi ser. 

Mí Jesús, que tus aspiraciones sean las mías, que me deje llevar a donde Tú hoy me llamas, desprendiéndome de todo lo que me vincula y ata, de lo que es vana ilusión, sé que cuanto más me sienta unida a ti más resurrección vivirá todo mi ser… Haz que muera a lo que me aleje de ti, pero, eso sí, quiero entregarte toda mi potencia de amor en abandono.  ¿Qué otra cosa puedo hacer, Señor? 

Jesús, has penetrado en mi mirada, has enjugado las lágrimas más secretas, has permitido tu presencia en este hogar – de hoguera y transparencia; de misericordia y horizonte ilimitado… ¡¡Dios mío, estás aquí porque te busco!!  y te busco porque no hay un átomo de mí que no te pertenezca… 

Ya no hay diferencias entre nosotros, dice san Pablo, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Este de repente de Jesús nos llevará a perder la vida, pero solo por Él y solo por hoy. Cada día. Amén.

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