Amigos lectores, hoy, reflexionemos sobre la acción y reacción del amor de Dios en nosotros. Quizás, muchas veces nos hemos sentido solos y sin amor. Otras veces, buscamos o mendigamos amor, en «amores no correspondidos». Y esto hace que nos sintamos perdidos y abandonados. Es, entonces, que debemos voltear hacia el ser que nos pensó y creó por amor y para el amor: Dios.
El amor de Dios no es distante ni frío; es un amor que toca el alma, que te busca donde estás y te llama por tu nombre. Isaías nos dice: «Ahora, así dice el Señor, el que te ha creado, el que te ha plasmado: No temas, porque yo te he rescatado; te llamaré por tu nombre y tú eres mío». Is.43,1
Cada uno de nosotros es conocido y amado personalmente por Dios. No somos anónimos en su corazón; somos hijos e hijas y Él nos invita a confiar plenamente en su cuidado. El profeta Jeremías nos recuerda que este amor es eterno: «Con amor eterno te he amado; por eso, te he reservado mi favor». Jr.31,3.
Dios no ama a medias, ni solo en momentos especiales; su amor permanece, inquebrantable, incluso cuando nosotros dudamos o fallamos. Su iniciativa de amor es perfecta y gratuita. Y nos invita a responder con nuestro corazón: «Déjate amar por Dios»: permite que su amor inunde tu vida y transforme cada rincón de tu ser.
«Nosotros amamos, porque Él nos amó primero». 1Jn.4,19, Dios nos amó primero, nos tomó en sus brazos antes de que pudiéramos hacer algo por Él. No necesitamos méritos, obras, ni perfección para ser amados; simplemente, somos sus hijos, creados a su imagen y semejanza.
Su deseo más profundo es que vivamos en plenitud, como herederos de su amor y de su gracia.
«Si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con Él glorificados» Rom.8,17
Aceptar este amor transforma nuestra vida; nos libera del miedo, de la inseguridad y de la necesidad de buscar aprobación en el mundo. Nos recuerda que somos valiosos, queridos y llamados a caminar en la libertad de hijos amados por el Creador.
En cada oración, en cada silencio del corazón, Dios nos dice: “Tú eres mío y mi amor por ti es eterno.” Déjate amar por Dios y permite que su ternura y fidelidad te acompañen siempre, guiando cada paso de tu vida. Amén.
