2 de junio de 2026

EL AMOR DE DIOS PADRE

El primer libro de la Biblia, el Génesis, refiere cómo Dios, con qué detalle y amor, creó la tierra, el cielo, la noche, las estrellas, el sol, la luna, los animales; el equilibrio que hay en la naturaleza, los ríos, el océano, al hombre y a la mujer. Somos sus hijos, tan amados como lo es Jesús, solo basta identificarlo alrededor para sorprenderse de la maravilla de planeta que diseñó para nosotros. 

Dios, con solo un soplo, nos dio la vida. Antes de que naciéramos, ya estábamos en el pensamiento de Dios. Hay un canto, que nos enseñan en el catecismo, que dice: ¿Cómo es el amor de Dios? Grande es el amor, tan alto, que no puedo estar mas alto que Él; tan ancho, que no puedo estar afuera de Él. Así es su amor, abarca todo nuestro ser. 

Como los celulares o las computadoras, que necesitan la energía eléctrica para funcionar, así, nosotros necesitamos conectar con Dios. Hemos permanecido en casa más de lo habitual y, cuando tenemos la oportunidad de salir, elegimos lugares que nos permitan conectarnos con la creación: bosques, montañas, ver un amanecer o atardecer, lugares que nos hacen sentir libres, unidos con nuestro Creador y decirle: Padre, qué grande eres y cuán amado soy: todo fue pensado para nosotros, alcemos la mirada al cielo y Él dirigirá su mirada a nuestro corazón.

Él es el camino, la verdad y la vida. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escapare de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estas Tú, si me acuesto en el abismo, allí Te encuentro (salmo 138,7). Dios nos conoce a todos, somos sus hijos amados. Qué maravilla sentirse amados por un Dios así, que nos conoce por nuestro nombre.

Nos ama con un amor infinito, nuestra vida es muy valiosa, hechos a su imagen y semejanza; portadores de una gran noticia para quien siente que no tiene un lugar en el mundo, que su vida no tiene un valor. El color, la posición social, no son importantes y, a quien ayudo en momentos de dificultad, es a mi hermano y, en él, está la presencia viva del amor de Dios, en mi vida.

San Francisco llamaba, a todos, hermanos; al agua, al sol, a los animales. Daba el valor a cada ser vivo de esta tierra. Con ese ejemplo, cuidemos nuestra casa en común, recordemos lo profundamente amados que somos. Nunca es tarde para descubrir que somos hijos muy amados por Dios, acerquémonos a Él con la plena confianza  de decirle “Padre” y seremos escuchados, perdonados, amados. 

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