Amigos lectores, seguimos avanzando en nuestro camino espiritual. En esta ocasión, reflexionaremos sobre la glorificación de Jesús, el momento culminante de su obra salvadora.
Jesús entregó libremente su vida, por amor a nosotros. Cada año, durante el Triduo Pascual, la Iglesia celebra y conmemora su pasión, muerte y resurrección. Sin embargo, la resurrección no debe entenderse solo como el regreso de Jesús a la vida, sino como el inicio de su glorificación. Cristo resucitado es el Cristo exaltado, vencedor del pecado y de la muerte, sentado a la derecha del Padre y revestido de toda gloria.
Podemos preguntarnos: ¿quién glorificó a Jesús?
La respuesta nos la da san Pablo, en su carta a los Filipenses: “Por eso, Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.” Flp.2,9.
Este versículo comienza diciendo: “Por eso”. Estas palabras son muy importantes, porque indican la razón de la exaltación de Jesús. Dios Padre lo glorificó, porque su Hijo fue perfectamente obediente a su voluntad. Se despojó de su gloria divina, asumió nuestra condición humana, vivió como servidor y fue obediente hasta aceptar la muerte, y muerte de cruz. Flp.2,6-8.
La glorificación de Jesús no fue un premio humano, sino la respuesta del Padre a la fidelidad, humildad y amor con que su Hijo cumplió la misión de salvar a la humanidad.
Quien se humilló por amor fue elevado por el Padre a la máxima dignidad.
Al darle “el Nombre que está sobre todo nombre”, Dios manifestó que Jesús posee la autoridad, el honor y el poder que pertenecen al Señor. Por eso, toda rodilla se dobla ante Él en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua proclama que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Flp.2,10-11.
La glorificación de Cristo es también una esperanza para nosotros. Jesús abrió el camino para que, quienes permanecen unidos a Él, participen un día de su gloria. Así como el Padre exaltó al Hijo por su obediencia y entrega, también nosotros estamos llamados a seguir a Cristo con humildad, confianza y fidelidad, sabiendo que la cruz nunca tiene la última palabra: la última palabra siempre la tiene la gloria de Dios.
Que esta verdad fortalezca nuestra fe y nos impulse a proclamar con el corazón y con la vida: ¡Jesús es mi Señor!
