24 de septiembre de 2026

La Odisea del Verano

Nunca había caído en la cuenta de que el verano, en sí mismo, es una Odisea, Con todo y los momentos frescos y dulces que promete el panorama estereotipado frente al mar, es una temporada que marca la mitad del año, un momento para reflexionar o “huir” de la vida cotidiana. Pero escapar es todo menos cambiar de lugar: es dejar de mirar. Ahí está la paradoja: buscamos el verano para escapar y terminamos, sin querer, mirando de frente lo que el resto del año nos distrae de ver.

En mi caso, la odisea de este verano estuvo llena de pastizales verdes que albergaban el aliento del sol, galletas de avena recién horneadas, picaduras de todo tipo de insectos y, con ellas, la búsqueda de la medicina, el alivio de la picazón, la luz.

Tendemos a subestimar el viaje que se logra al sentarse, en soledad, frente al horizonte, sin construcciones altas, ruidos ni ostentaciones. Con el fuego traspasando la suela de tus chanclas de hule y las chicharras acompañando tu respiración. Después de este verano con más silencio de lo usual, me doy cuenta de que los kilómetros nunca fueron la medida de un viaje; su distancia se cuenta en la honestidad con que nos deja vernos: pequeños, pasajeros, humanos.

Y esa pequeñez, lejos de restarle valor a la vida, se lo da, como dice Irene Vallejo cuando escribe que “la sabiduría de la Odisea nos susurra que la menguante, imperfecta, efímera vida humana, con su principio y su fin, merece la pena, a pesar de que no dura y es tantas veces dura, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies.”

Entre aplausos, críticas y reseñas en distintos idiomas, entré en mi último día de viaje, a la sala de cine a ver la película de Nolan. Vi en los ojos de Telémaco mis preocupaciones juveniles sobre el rumbo de mi vida; vi en el cíclope la soledad de mi creatividad cuando no sabe con quién compartirse; vi, en los murmullos de Odiseo al hablar con la ninfa Calipso las ganas de mi corazón de quedarse en una isla mediterránea y vendarse los ojos ante las tristezas e injusticias.

Y al final, independientemente de mi opinión sobre la adaptación del poema, salí con la tarea de pensar en mi Odisea personal y darle el mejor uso a la obra literaria y cinematográfica, apropiándome de la historia para reflexionar —en este caso— sobre “la tempestad del alma que nos sacude todo el día”, y pensar cómo amar y navegar, incluso después de un naufragio y las picaduras que vienen con él.

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