6 de julio de 2026

¿Para qué he sido creado?

No es necesario salir muy lejos para notar que, al menos en mi generación, hay un sentimiento muy fuerte de querer encontrar un sentido a la vida. Surgen, a menudo, preguntas como “¿Quién soy yo?”, “¿Para qué he sido creado?” O “¿Cuál es el sentido de mi vida y de mi existencia?”. Esta preocupación no es nueva, podemos encontrarla en todas las épocas de la historia y en boca de varios pensadores e intelectuales; sin embargo, pareciera ser una pregunta que, poco a poco, va siendo más común. 

Ante los retos de la vida cotidiana, el trabajo, la familia, las relaciones interpersonales, las redes sociales, los grupos de pertenencia y los intereses ajenos, muchos hemos tenido la sensación de que nuestro actuar y nuestra cotidianidad realmente no la vivimos por nosotros, sino que la entregamos a otros, para poder disfrutar, a ratitos, de momentos que parecen de felicidad fugaz, para volver nuevamente a la cotidianidad. 

Es por ello que debemos levantar la mirada, para obtener una respuesta para esta pregunta tan existencial y, a la vez, tan común. ¿Para qué he sido creado? 

Dios, que es amor, nos ha creado para ese mismo fin, por amor y para amar. El Catecismo de la Iglesia Católica (numeral 1) nos recuerda que Dios, al ser infinitamente amoroso, perfecto y bienaventurado, nos creó para ser partícipes de esa perfección y bienaventuranza. Nos hizo de carne y hueso, para experimentar, en nosotros mismos, la alegría de amar y de caminar hacia la plenitud. 

Plenitud… amor… palabras muy bonitas, pero que debemos dotar de significado. Y es ahí donde entra la individualidad y libertad de todos nosotros. Porque Dios, padre de todos, nos hizo únicos e irrepetibles, para que todos busquemos nuestro camino hacia la plenitud, hacia la felicidad y hacia el amor, que es, al final de cuentas, hacia Él mismo. 

No olvidemos, nunca, que, cada que amamos, cada que salimos de nosotros para experimentar las maravillas de la creación, y cada que elegimos escuchar nuestro interior, hacemos eco en esas palabras que Dios dijo de Jesús, y que todos los días nos repite: “Este es mi hijo muy amado…” (Mt 3, 17).

¡Ánimo firme! ¡Qué viva la Cruz (que plenifica)! 

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