1 de junio de 2026

Santidad personal en el servicio

Después de cada periodo trasformador de nuestro ritmo litúrgico, experimentamos la necesidad de dar una luz que nos guie en el tiempo continuo en que no hay una celebración especifica. 

Vemos, en el Adviento, un tiempo de espera y reflexión, una seguridad de la llegada del Señor, en forma de Rey victorioso, que viene a tomar posesión del reino que el Padre le dio, anunciar que la muerte ha sido sometida y la vida eterna ya está presente. 

La Pascua de la Navidad, breve periodo de fiesta donde Dios se integra en su totalidad a la familia humana, donde pone esa santidad divina en los actos cotidianos de los padres, hermanos y parientes, que forman al hombre y les dan virtud y santidad a sus acciones. 

El tiempo de Cuaresma nos va induciendo al misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que es necesaria, para corregir nuestras tendencias a dejarnos someter por el pecado y destruir nuestra vida con las tentaciones, con las que nos seduce el mundo; es un tiempo de reflexión y de cambio para encontrar la verdadera ruta que nos lleva al encuentro con Dios. 

El tiempo de Pascua, en el que recorremos la fiesta continua de la resurrección y tomamos en cuenta la realidad que construyó nuestra iglesia, es el tiempo que va de la siembra de la semilla a la recolección de los frutos, porque Pentecostés es el día que el Espíritu Santo nos colma de dones, gracias y bienes para vivir en la santidad que Dios nos ofrece.

Pero el tiempo ordinario es la acentuación, es el ofrecimiento de nuestra verdad, el fruto de nuestra conversión, lo cotidiano de nuestra vida como ofrenda a Dios. No merma en la alegría del festejo, pero la orienta a cómo vivirla en lo cotidiano, en lo regular de nuestro tiempo.
Porque lo que celebramos este tiempo es la alegría que Dios nos da al hacerse presente no en la estridencia del festejo, sino en la paz y en la armonía del día que transcurre, el caminar en la santidad del día a día, en el testimonio del amor en los signos comunes, en la paz del encuentro sensible y atento.

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