En estos días, en los que el calor ha estado muy fuerte, recuerdo el artículo que escribí hace tiempo, titulado “Agüita congelada”, mismo que quisiera retomar y volver a compartir.
Cuenta la historia que, el año pasado, tenía yo, en mi casa, muchos envases de pet acumulados en una bodega; envases vacíos, limpios, de agua y refrescos que llevaban tiempo sin oficio ni beneficio, porque ni siquiera me acordaba que ahí los tenía; los rescaté y, con lo que me quedaba de un garrafón, junto con otro poco de agua hervida, rellené varias botellas y las metí al congelador.
En la primera oportunidad, las eché en una bolsa, la trepé a mi coche e inicié, en semáforos y lugares aleatorios, mi repartición de botellitas de agua congelada para beber, lavarse o refrescarse. Y, así, continué durante varios días.
La cara de agradecimiento de las personas que las recibían me dejó “helada”; algo tan simple como eso y que también me solucionaba, en ese momento, la tan a veces fallida intención de querer encontrar una moneda, para corresponder a aquellos que están trabajando en la calle, buscando una venta u ofreciendo algo a cambio pero que, a veces, son tantos que no alcanza.
Retomo porque, cuál va siendo mi sorpresa cuando, hace unos días, me estacioné en un lugar que frecuento desde aquellas fechas y el señor que presta su servicio de “viene, viene” muy agüitado, cansado y con poco ánimo, como corresponde a este calorón, me preguntó si aún repartía de esas botellas y que si tenía de casualidad una para regalarle; no traía, pero ofrecí llevarle una en los siguientes días.
De aquí, nuevamente un buen recordatorio para mí y que comparto a todos los que quieran repetir esta sencilla acción; sumarse a mi campaña de agüita congelada a la cual, hoy, bautizo como aguatón…
¡Sí, esta vez les comparto mi aguatón… para evitar el agüitón y animar a todas esas personas que trabajan ahí afuera!
