11 de junio de 2026

Dejarnos abrazar por su mirada

Inyecciones de fuego 

«Te mira el Padre», escucha un día Concepción Cabrera en su corazón1. Y ella expresa: «palabras que vibraron en mi alma haciéndome estremecer de admiración y de amor»2. En otra ocasión dice: «yo me sentí bañada de una luz, de una unción, de una cosa divina, que me electrizó el cuerpo y el alma. ¡Qué impresión tan celestial!3 Tiempo después, Jesús le hace ver que esa mirada dejó en su alma «el germen santísimo de la encarnación mística»4. En diversos momentos, ella hace memoria de esa mirada5

Siglos antes, otra mujer, María, se sintió mirada por Dios. Por eso exclamó: «Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humilde condición de esta su esclava» (Lc 1,48).  

La mirada es un poderoso medio de comunicación. A través de los ojos manifestamos amor u odio, alegría o tristeza, compasión o condena. Tal vez hemos tenido la experiencia de haber recibido una mirada dura, fría, discriminadora o agresiva; una mirada que fiscaliza o condena, que provoca temor y desconfianza. Quizá también hemos mirado así. 

La mirada de Dios Padre-Madre es totalmente distinta; es una mirada que protege y cuida, que transmite vida y calor, paz y alegría. La beata Concepción buscaba vivir en la presencia de ese Dios que la miraba con ternura. 

Dios Padre-Madre nos mira siempre. Ve nuestros sufrimientos y tristezas (cf. Ex 3,7), nuestras esperanzas, trabajos y luchas. Si hemos pecado, nos mira con misericordia y nos invita a acercarnos para purificarnos (cf. Lc 15,20). 

Sabiéndonos miradas/os por Dios, podremos lanzarnos a construir comunidad, evangelizar, servir a los demás, asumir retos, enfrentar dificultades, resolver problemas, entregar la vida… 

Y nuestra oración será simplemente ponernos ante Dios –como quien se expone al sol– y, con humilde confianza, dejarnos abrazar por su mirada. 

Deja un comentario