1 de junio de 2026

El Credo

Una de las verdades fundamentales de nuestra fe es que Jesucristo es Hijo de Dios. En numerosas ocasiones, y con palabras muy claras, Jesús se refirió a Dios como su Padre: “Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre. Aquel día, ustedes pedirán en mi Nombre y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que Él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora, dejo el mundo y voy al Padre” (Jn. 16:25-28). 

Jesús, realmente, actuó como Hijo de Dios, al revelarnos verdades sobre el Padre, explicar el sentido auténtico de la ley, obrar milagros y perdonar pecados. Por su parte, el mismo Dios Padre reconoció a Jesús como su Hijo amado, en su Bautismo y en la Transfiguración (Mt. 3:17 y 17:5). Los discípulos de Jesús también expresaron su convicción de que era el Hijo de Dios. Incluso ángeles y demonios lo declararon (por ejemplo, Lc. 1.35 y 4:41). Finalmente, esta radical identificación motivó a que los sumos sacerdotes lo condenaran a muerte. Entonces, en toda la creación, se ha reconocido que Jesucristo es Hijo de Dios. 

Lo más trascendente de todo esto es que transforma nuestro entendimiento sobre Dios y nuestra relación con Él. Jesús mostró, a sus apóstoles, una familiaridad con su Padre celestial, a quién cariñosamente llamaba Abbá. Para los judíos, para quienes el nombre de Dios era impronunciable, habría sido extraordinario escuchar a Jesús llamarlo “Papá”. Así, Nuestro Señor nos alienta a que también nosotros nos acerquemos a Dios como Padre nuestro. Quien hace esto posible es el Espíritu Santo: “ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace clamar ¡Abbá, Padre!” (Rom. 8:15). Oremos, pues, para que, junto con Jesús e impulsados por el Espíritu, podamos acercarnos a Dios como Padre y seamos dignos de llamarnos hijos suyos. 

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