“Hay un día en la vida de todos que determinan un destino. Ese día se abre una puerta y se cierran todas las demás. A veces, es una desgracia o un dolor; otra un encuentro, una alegría. Después nos volvemos “diferentes” ya no somos los de antes”, Buttafa.
Hace algunos años, uno de mis hijos fue secuestrado. Estaba desgarrada y desesperada, mas con la esperanza y la fe puesta en Dios. Afortunadamente, pude recuperarlo: una fría noche, en una avenida oscura estuve de rodillas, sola, vencida, en una banqueta, para recoger a mi hijo, desnudo con los ojos vendados y las manos atadas, pero vivo… eso cambió mi vida, no volví a ser la misma.
Sus captores fueron detenidos… No lo podía creer, ante mi estaba ese hombre intercediendo por mi perdón ante la autoridad; exigiendo justicia para mí familia, dándole consejos a mi hijo diciéndole que se portara bien, pidiendo a gritos que ya se terminara ese sufrimiento. Ese hombre que en una de las entrevistas, que dio tiempo atrás ante los medios de comunicación, manifestó que no lo detendrían vivo, y que prefería que lo mataran a estar encerrado en una prisión, ¡Qué grande
es la justicia divina, cuán grande es su poder que da la oportunidad al hombre de arrepentirse aunque sea por unos instantes!
Aún recuerdo la voz de su secuestrador… “Yo secuestré a este muchacho, pero pensé que era más chico”. “Perdóneme señora, todo imagine menos que llegaría este momento, yo se que les hice mucho daño, pero perdóneme, de verdad le pido perdón”, exclamó con ese tono de voz tan peculiar, para mí inconfundible; la misma que tiempo atrás me desgarrara el alma cuando, vía telefónica, me dijera que tenía secuestrado a mi hijo, mi hijo adolescente aun que apenas comenzaba a vivir, un ser humano hermoso, en ese entonces de tan solo 14 años, ¿qué daño había ocasionado?
El pésame a María es un momento que se ha ido incorporando a las actividades del viernes Santo y a mi vida…
Sin embargo, este año, durante los oficios de Semana Santa en la Parroquia de la Santa Cruz del Pedregal, un pensamiento movió mi corazón: María vio cómo Jesús inclinaba la cabeza sobre el pecho y quedaba inmóvil. La muerte había hecho su aparición. Cristo había muerto. Todo se había consumado, sin embargo, ella sabía que aquello no era el final; ella sabía que, al igual que lo había encontrado en el templo después de tres días desaparecido, también ahora volvería a encontrarlo; sabía que al tercer día resucitaría de entre los muertos, como Él había profetizado. María estaba convencida de que muy pronto volvería a reencontrarse con el Hijo, como así ocurrió. La esperanza en la Resurrección le dio fuerzas para poder soportar la inmensa angustia de la muerte…
La Virgen quiere traernos a nosotros, a todos, el gran regalo que es Jesús: y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría, la caridad de Cristo que transforma a los hombres y las mujeres y renueva el mundo…
Y me recuerda que su hijo esta vivo… ¡Jesús está vivo!
