“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”, leemos en el sermón de Jesús en la Montaña, en San Mateo, capítulo 5.
Usualmente, esta bienaventuranza es entendida como el hambre y sed de justicia en el sentido legal. Pero, en realidad, eso no es precisamente lo más importante a lo que Jesús se quería referir.
La justicia, a la que Nuestro Señor se refiere en esta Bienaventuranza, es la que posee el hombre justo por buscar, antes que cualquier cosa, el Reino de Dios. Esto significa darle el primer lugar a Dios y buscar, ante todo, darle gloria a Dios con nuestros pensamientos y acciones.
Es, también, tener hambre y sed de que, quienes nos rodean, puedan conocer a Jesucristo y la buena nueva que Él nos ha traído; es buscar que la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, crezca; es tener hambre y sed de que haya justicia en nuestro mundo, legalmente entendida. Esto será la consecuencia de vivir conforme al Evangelio.
Buscar que crezca el Reino de Dios significa tratar de vivir, primero que nada, de manera personal, una vida cada vez más cercana al Evangelio; es decir, una vida que se acerque, cada vez más, a lo que Jesús nos enseña. De esto se trata ser cristiano, de querer parecerse a Jesús. Esto implica tener a Jesucristo como ejemplo para nuestros pensamientos y nuestros actos.
La paciencia es una gran aliada en el proceso de tratar de hacer crecer el Reino de Dios, ya que se necesita un amor suave y lento, que respete el tiempo que necesitan los demás para ir conociendo a Jesucristo. La fe se propone, no se impone.
Para nosotros, los cristianos, no basta con buscar en nuestra vida, también, el reino de Dios. En nuestra vida, ha de reinar Cristo, de tal manera que sea una vida Cristocéntrica, donde veamos todo a la luz de Cristo.
Estamos llamados a buscar, primero, el Reino de Dios y su Justicia y, todo lo demás, vendrá por añadidura.
