Dios, quien es El Señor de la Historia, quiso írsele revelando al hombre poco a poco. Dios, al paso del tiempo, los eventos y personas, va mostrándoseles a sus elegidos y, no solo eso, les permite discernir que es Él mismo quien los quiere acompañar, dirigir, corregir y enseñar, porque fueron sus elegidos de entre el resto de las otras naciones. Les muestra quién es, cómo es, lo mucho que los ama, que los perdona y les va proclamando, también, que ellos deben de ser luz para las otras naciones, compartiendo con los demás pueblos su conocimiento del Dios único y verdadero.
La resurrección de los muertos es una revelación que Dios le señala a su pueblo, ya muy cerca de la venida de Jesús, aunque, siglos antes, aparecen unas pequeñas luces sobre el tema. En 2ª de Macabeos, Daniel y, en algunos salmos, los escritores sagrados ya tenían el conocimiento sobre la resurrección de los muertos, aunque no era una teología universal entre el pueblo de Israel.
La resurrección se comprende y llega a su plenitud hasta que Jesús, el Hijo de Dios, se hace hombre y, no solo enseña y predica sobre la vida eterna, sino que, al final de su carrera mesiánica, Él mismo resucita de entre los muertos.
Benedicto XVI define la resurrección de Jesucristo como “un salto cualitativo” y, a su resurrección, como «un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nueva» o como «una nueva dimensión del hombre».
Esto es una verdad consoladora pues, gracias a la resurrección de Jesucristo, somos la Iglesia por la que, para salvarnos, padeció y murió por nuestros pecados; pero que, al tercer día, resucitó y, desde entonces, ¡está vivo!
Y no sólo eso, sino que, por sus méritos, el Espíritu Santo obra sobre nosotros para alcanzarnos la vida eterna y poder permanecer, para toda la eternidad, en la casa de nuestro Padre, donde no hay ni dolor, ni muerte, ni sufrimiento, sino paz, alegría, amor eterno y vida en abundancia.
“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre, hay muchas mansiones; si no, no os habría dicho que voy a prepararos un lugar. Y, cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que, donde esté yo, estéis también vosotros. Y ya sabéis el camino adonde yo voy.”
Jn 14,1-4
