Este año 2026, se cumplen cien años del inicio de la Guerra Cristera (1926-1929). Este periodo histórico, a veces tan ignorado y ocultado, todavía provoca cuestionamientos sobre los métodos utilizados por aquellos que se levantaron para defender la práctica del catolicismo en México, en un momento donde el gobierno decidió limitar el ejercicio de la libertad religiosa. Lo que queda claro es que, entre esos hombres y mujeres, existía una fuerte convicción y celo de que la creencia en Jesucristo como el Dios vivo y verdadero debía ser defendida, incluso con las armas.
Identificados al grito de “Viva Cristo Rey”, los cristeros decidieron poner a disposición su vida y su libertad, para que la fe pudiera ejercerse de manera libre y sin ataduras, con fuego en el corazón y una libre convicción.
Hoy, cien años después, y en este mes en el que festejamos la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, nuevamente estamos llamados a ser “cristeros” y a luchar por la libertad; a ser mártires y a encender en nuestros corazones el mismo fuego que se encendió en Michoacán, en Jalisco, en Guanajuato y en demás partes de nuestro país; a levantarnos y defender nuestra fe y nuestra religión.
Pero no estamos llamados a hacerlo de la misma manera que nuestros hermanos en la fe lo hicieron un siglo antes. Estamos llamados a ser mártires, pero no en un campo de batalla, sino en nuestro día a día. No estamos llamados a levantar una espada contra otro ser humano, sino contra nuestras propias pasiones y tentaciones. Estamos llamados a luchar, pero contra los sistemas de opresión y los “mecanismos perversos” y “estructuras de pecado” que condicionan a la humanidad a actuar en contra de los designios de Dios. Estamos llamados a entronizar en nuestra vida, de manera libre, a Cristo Rey del Universo, para que reine la solidaridad, el amor y la misericordia.
No será posible vivir en una sociedad verdaderamente cristiana, si primero no actuamos desde el amor y la misericordia que Jesús vino a predicar al mundo. Estamos llamados a elegirlos libremente, para evitar que nuestra lucha se vuelva ideológica y desemboque en el “cambio de amos”, que únicamente se preocupan por rodearse de privilegios e instaurar formas de injusticia (ss 45. S. Pablo VI. Octagésima Adveniens)
Estamos llamados a ser cristeros, pero no a sangre y fuego, sino en justicia y amor, en nuestros actos cotidianos, procurando que, con nuestro actuar, seamos mártires de la justicia, no por la muerte física, sino por la muerte a nuestros anhelos de someter, discriminar o rebajar en su dignidad a nuestros hermanos. Procuremos que nuestro actuar se conforme al del Rey del Universo, recordando
