Yo no le digo a Dios, “dame”, yo le digo, “muéstrame”. Esta frase la escuché hace poco y no me la saco de la cabeza.
Una noche, antes de dormir, le pedí a Dios que me mostrara cómo poner mi cabeza en orden: familia, salud, trabajo, finanzas y amistades. Lo escribí en una servilleta a detalle y, no había terminado de anotar, cuando me quedé dormida.
Al otro día, la tomé de nuevo, la leí y comprendí de inmediato que no necesitaba tantas soluciones, sino una sola dirección. No era quitar el ruido, era aprender a escuchar por encima de él.
Después, mi hermano me compartió varias oraciones: comencé a leerlas y, más allá de la intención detrás de cada una, llamó mi atención la fe que él mismo estaba depositando en mí:
—¡Pídele! Pide que te muestre y agradece — me dijo — tus plegarias son siempre escuchadas.
—Pero, no soy muy buena para confiar y tener fe — le respondí.
—Dios lo sabe y, por eso, es más valiosa tu oración.
Entonces, deseché la servilleta, que era un mapa enorme, donde lo único que faltaba era ese elemento; la brújula de la fe.
Así que, hoy, cuando rezo, ya no le digo a Dios, “dame”, le digo, “muéstrame”. Porque comprendí que, cuando lo hago de esa forma y con mucha fe, Él no me abre la puerta, me muestra que yo tengo la llave.
