(Parte 2/3)
Desde la perspectiva de la fe cristiana y el Pensamiento Social de la Iglesia, las cifras de movilidad social en México no son simples estadísticas de mercado, son el reflejo de un sistema que ignora la dignidad intrínseca de cada ser humano.
«No amemos de palabra ni de boca, sino con hechos y de verdad». (1 Juan 3, 18)
La fe cristiana exige que nos cuestionemos por qué la justicia social está bloqueada y cómo podemos ser agentes de transformación, a través de tres principios fundamentales:
La Igualdad de Dignidad (Imago Dei). Si todo ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios quiere decir que todos poseemos el mismo valor. El origen, la región o el tono de piel no pueden determinar el destino de una persona. El esfuerzo personal es legítimo, pero pierde sentido cuando las oportunidades de desarrollo (educación de calidad, salud, empleo digno) están reservadas para unos cuantos.
La Opción Preferencial por los Pobres. La enseñanza bíblica nos exige una mirada atenta hacia las periferias. Promover la movilidad social significa comprometerse activamente a derribar las estructuras sociales que perpetúan la pobreza intergeneracional. La caridad no consiste solo en dar un alivio temporal, sino en crear condiciones estructurales que permitan a las personas valerse por sí mismas y desplegar sus talentos.
La Justicia Redistributiva y la Responsabilidad del Favoritismo. En el Evangelio de Lucas (12, 48), se nos recuerda: “A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá”. Quienes han tenido el privilegio de nacer en estratos sociales con mayores recursos, educación y redes de contactos no deben asumir su posición como un mérito exclusivo, sino como una responsabilidad de corresponsabilidad y servicio.
Continuará…
