Queridos lectores, hoy, vamos a contemplar a Jesús como Nuestro Señor, Mi Señor. Jesús, al morir, fue resucitado por el poder de Dios Padre, quien no permitió que su Hijo experimentara la corrupción. La Resurrección es el centro de nuestra fe, porque, como nos recuerda san Pablo, si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana.
Y podemos preguntarnos: ¿para qué Dios exaltó y glorificó a Jesús?
Jesús, siendo Hijo de Dios, tomó nuestra condición humana, se hizo uno de nosotros y entregó su vida por amor en la cruz. Por su obediencia y entrega, el Padre lo resucitó, lo exaltó y lo constituyó Señor del universo, para que, ante su nombre, se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor. Flp.2,9-11
Por eso, cuando decimos “Jesús es mi Señor”, no estamos simplemente repitiendo una frase. Estamos haciendo una verdadera profesión de fe. Estamos reconociendo que Jesús tiene un lugar central en nuestra existencia y que queremos pertenecerle.
San Pablo nos dice: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Rom.10,9
Al confesar que Jesús es el Señor significa creer en Él con el corazón y expresarlo con nuestra vida. No se trata solamente de decir “Señor, Señor”, sino de permitir que Jesús transforme nuestras decisiones, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras relaciones y nuestra manera de vivir.
Jesús es Nuestro Señor. Cuando dejamos que su Palabra ilumine nuestro camino y con la fuerza del Espíritu Santo, buscamos hacer la voluntad del Padre.
También, el Señorío de Jesús implica entregarle aquello que todavía queremos controlar: nuestros miedos, preocupaciones, proyectos, heridas, familia, trabajo y futuro. Decir “Jesús, Tú eres mi Señor” significa confiar en Él y reconocer que no queremos caminar solos. Esto no quiere decir que nuestra vida estará libre de dificultades. Significa que, aún en medio de las pruebas, sabemos que Jesús camina con nosotros, nos sostiene y tiene la última palabra.
Oremos:
Señor Jesús, gracias por tu amor y por tu entrega en la cruz. Entra en nuestro corazón y ocupa siempre el primer lugar en nuestra vida. Ayúdanos a reconocerte como nuestro Señor y a vivir cada día según tu voluntad. Danos la fuerza de tu Espíritu Santo para seguirte con fidelidad y amor. Amén.
