Si en casa solo oyes ¡Mamá, él empezó!, no pienses que estás fracasando. La rivalidad entre hermanos no nace porque sean malos. Cada hijo busca asegurarse un lugar en la vida de la familia: ¿me ven? ¿me quieren igual? Cuando todavía no sabe cómo expresarlo, lo hace compitiendo, provocando o reclamando atención.
No seas árbitro: Cuando dos hermanos discuten, lo primero que hacemos es investigar quién empezó y quién tiene la culpa. Actuamos como árbitros, ellos se acostumbran a depender de nosotros para resolver sus conflictos.
Es mejor preguntar:
—¿Qué pasó?
—¿Qué puedes hacer ahora para reparar lo que ocurrió?
Así les enseñamos a resolver conflictos, poner palabras a lo que sienten, escuchar al otro y reparar el daño. No es permitir cualquier conducta, sino acompañarlos para que desarrollen las herramientas que necesitarán durante toda la vida.
Justicia no significa igualdad: A él sí; a mí, nunca. ¿Por qué ella puede y yo no? Pero tratar a todos por igual no siempre es lo más justo. Cada hijo tiene una edad, un temperamento, unas necesidades y unas circunstancias diferentes. Uno puede necesitar un límite firme; otro, una conversación tranquila. Explicárselos: No siempre te doy lo mismo que a tu hermano; te doy lo que necesitas para ser mejor. Así les ayudamos a comprender que el amor de los padres no se mide comparando cantidades, permisos o privilegios.
Celebra las fortalezas: Cada niño tiene intereses y fortalezas particulares. Uno puede ser creativo, otro paciente, otro sensible, otro perseverante. Celebremos esas cualidades, pero sin convertirlas en etiquetas. No digamos: tu hermana es la responsable y tú eres el desordenado, mejor digamos: He visto cuánto te esforzaste en terminar esto o me gustó cómo ayudaste a tu hermano. Una fortaleza que hoy parece pequeña puede convertirse en un talento extraordinario.
Crea complicidad: Frases como, mira cómo tu hermano sí obedece o tu hermana nunca hace eso, convierten al hermano en un rival. Mejor, busquemos oportunidades para que se necesiten uno al otro.
Antes de dormir, cada uno dice algo bueno del otro: algo que agradece, una cualidad que admira o un gesto que le hizo bien durante el día. Puede haber risas, silencios o respuestas muy breves, pero, con el tiempo, puede convertirse en un momento que los hermanos esperan, creando un vínculo más profundo.
Busquemos que, en nuestra casa, aprendan a reconciliarse, a pedirse perdón, a perdonar y reparar, a acercarse y descubrir que el amor es más fuerte que la rivalidad.
