Dicen que, cuando los padres mueren, los hijos se convierten en huérfanos; es cierto, pero esa orfandad no solo entiende de actas o de años, porque es una condición del alma.
Para los que tuvimos la fortuna de contar con padres presentes y que se fueron temprano, se siente como si te hubieran quitado el techo de golpe, como si la casa donde siempre podías volver, donde siempre había luz prendida y deliciosa comida, ya no existiera; te quedas a la intemperie, con frío, sin ese lugar seguro que te cubría de la lluvia.
Y, en medio de ese derrumbe y de ese silencio profundo que dejan, pasa algo. Siempre hay uno; un hijo que, sin que nadie se lo pida, da un paso al frente, justo a la entrada de la casa, recoge las llaves del suelo y dice “yo sostengo”.
Es el que se convierte en puente, el que envía el mensaje, el que organiza el viaje de vacaciones, el que siempre está presente para todos; el que no deja que la familia se desparrame.
Y, entonces, se convierte en el techo. No lo hace porque quizá sea el mayor o al que le corresponda echarse a cuestas esa tarea, sino por un acto de amor enorme.
A ti, hermano, que eres ese hijo, hoy quiero decirte esto:
Gracias por tu amor que une, por haberte convertido en mi techo, cuando me quedé sin él, y por estar ahí cuando pierdo el rumbo, pero nunca olvides que tú también quedaste huérfano y que no estás solo. Intento imitarte y reconocerte a mi manera, hoy, a través de esta carta, como sé hacerlo.
Este día, celebro tu vida como honro la de ellos.
Gracias por ayudarme a mantenerme de pie.
Si tienes un hermano, algún familiar o amigo que sea o haya sido tu techo, te ofrezco mi carta y, si eres tú esa persona, te aplaudo con esta misma.
