18 de septiembre de 2026

La conversión

Amigos lectores, en nuestro artículo anterior, reflexionamos sobre la fe. Recordamos que la fe es el primer paso para acercarnos a Dios. Gracias a ella, creemos en Jesucristo, confiamos en su amor y aceptamos el regalo de la salvación. 

La fe no es simplemente un sentimiento; es una respuesta libre a Dios, que nos invita a entregarle toda nuestra vida y produce un cambio. Quien cree en Cristo no puede seguir viviendo de la misma manera. Por eso, hoy reflexionaremos sobre la conversión.

La palabra conversión significa volver el corazón hacia Dios. Es reconocer que necesitamos de Él y aceptar que no podemos salvarnos por nuestros propios méritos. Podemos pensar que bastan nuestras buenas obras o nuestro esfuerzo para agradar a Dios; sin embargo, la salvación es un don gratuito, que el Padre nos ofrece por medio de Jesucristo. Él es nuestro único Salvador.

Convertirse significa dejar atrás el pecado, para comenzar una vida nueva en la gracia de Dios. No se trata solamente de abandonar malas acciones, sino de cambiar la orientación de toda nuestra vida. 

La conversión consiste en pasar de vivir para nosotros mismos a vivir para Dios.

La conversión implica también un cambio de mentalidad. San Pablo nos invita a «renovarnos en nuestro modo de pensar» Ef 4,23. Esto significa aprender a mirar la vida con los ojos de Cristo, dejando el egoísmo, el orgullo, el rencor y la indiferencia, para vivir el amor, el perdón, la humildad y el servicio.

Este cambio interior debe reflejarse en nuestras obras. Jesús dijo a Nicodemo: «El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios» Jn 3,3. Nacer de nuevo es permitir que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón para que nuestras palabras, decisiones y acciones manifiesten la presencia de Cristo.

La conversión no sucede de un día para otro. Es un camino que recorremos durante toda la vida. Cada día, el Señor nos llama a acercarnos más a Él, a levantarnos cuando caemos, a reconciliarnos, mediante el sacramento de la Confesión y a crecer en la práctica del Evangelio.

Pidamos al Señor la gracia de un corazón humilde y dispuesto a convertirse cada día, para que nuestra fe produzca frutos de amor, de paz y de santidad en nuestra familia, en nuestro trabajo y en toda nuestra vida. Amén.

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