El Evangelio nos dice que Jesús hace una afirmación categórica que no hemos querido comprender y, mucho menos, practicar: “No pueden servir a Dios y al dinero”. Para redondear este tema de la incompatibilidad entre seguimiento de Jesús y servicio a la riqueza y los bienes materiales, Lucas (16, 19-31).
“Aquí se hace más clara la advertencia sobre la imposibilidad de servir a Dios, a su reino y al dinero. La consecuencia más inmediata es el olvido de las más mínimas relaciones de justicia y de la finalidad de la misma vida”.
“El servicio a la riqueza se convierte en esclavitud a la misma, a tal punto que se pierde la sensibilidad por el que sufre y se pierde, además, el sentido y la finalidad de la misma existencia humana”, nos comenta el Padre Alonso Schökel.
No es lo mismo “servir a…” que “servirse de…” Yo trato de servir a los pobres, pero procuro no “servirme del dinero por sí mismo”.
“Los pobres son nuestros amos, debemos pedirles perdón por el pan que les damos”, decía san Vicente de Paul, refiriéndose al modo de acercamiento a los pobres, como Lázaro, lleno de llagas y de hambre.
Jesús nos invita a no desviar nuestra mirada de los demás. Sabemos que, en nuestro mundo globalizado, hay millones de Lázaros olvidados, por unos cuantos verdaderos epulones que han perdido el sentido del ser y del tener.
La vida del hombre oscila entre el ser y el tener: materialmente, cada persona está llamada a tener cubiertas sus necesidades básicas: comer y beber, casa, vestido, salud, estudio y/o trabajo, ahorro, descanso, libertad de expresión, sabiendo que mi libertad termina donde empieza la libertad del prójimo, etc.; En el aspecto humano, necesitamos ser amados, reconocidos, integrados, aceptados, valorados, respetados, comunicados.
Y es muy peligroso, cuando el ser y el tener se confunden. Es lo que le sucedió al rico epulón (y a muchos que yo conozco). La persona vale por cuanto tiene. El rico epulón olvidó no solamente las más pequeñas relaciones de justicia y solidaridad; la riqueza lo llevó a perder el sentido de la existencia, no tenía nada de humano, nada que pudiera salvarse. Lázaro, también tenía, pero llagas y carencias y, con todo, era más humano.
