Por su parte, Alfonso procuraba ejercitar estas virtudes teologales y era consciente de la importancia de las lecciones que recibía del P. Félix: «Tengo fe y sé que Dios todo lo dispone para mayor bien de nuestras almas, si correspondemos con generosidad a su Santísima Voluntad; yo espero, hasta la fecha, ayudado de la gracia y por vuestras oraciones, ser fiel hasta mi último aliento en cumplirla con mucho amor».
d) Las virtudes propias del Religioso, especialmente La Obediencia
Alfonso fue siempre dócil, pero al P. Félix, ya electo y reelecto Superior General en los dos Capítulos Generales de la Congregación realizados durante su vida. El hermano quiso escribirle las dos veces sus «cartas de adhesión y obediencia»:
La primera, desde Roma: «12 de junio de 1932. Padre mío, quiero manifestarle, como hijo fiel, aunque indigno, mi perfecta obediencia, respeto y amor, que observaré siempre toda mi vida, ayudado con la gracia de Dios, procuraré guiarme por una manifestación clara a mi superior y seguir sus indicaciones con fidelidad».
Para el siguiente Capítulo General, le escribe, desde Celaya, Guanajuato, otra carta parecida.
Era también muy dócil con su superior local, obedeciéndolo aun en los más pequeños detalles. Le escribe al P. Félix, su director, en una Navidad: «Anoche, era mucho mi deseo de pasar el resto de la noche acompañando al Niñito, pero mi padre superior no me lo permitió; me fui tranquilo a dormir, pues que esa fue la voluntad del mismo Niñito, pues siempre, al solicitar un permiso, primero le digo yo a la Santísima Virgen o al Señor: “Mira, yo deseo esto; si Tú quieres, me lo concederán y, si no es tu voluntad, ¡Tú lo sabes!” Y, por eso, cuando no me dan permiso, bien comprendo que aquella gracia no me es concedida por no merecerla».
Continuará…
