1 de junio de 2026

De carne y hueso … pero en camino

A veces, en el camino de la vida, pasa algo curioso: empezamos con entusiasmo, con ganas de crecer, de ser mejores… y, poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos “adormeciendo”. No dejamos de creer ni de querer el bien, simplemente, bajamos la guardia, nos conformamos, nos volvemos tibios.

Y esto es más común de lo que parece, sobre todo, cuando llevamos años viendo ejemplos de personas muy piadosas, constantes, entregadas. En lugar de inspirarnos, a veces nos comparamos… y, sin querer, pensamos: “yo nunca voy a llegar ahí”. Entonces, aflojamos, nos vamos quedando.

A eso se suma algo muy humano: los momentos difíciles. Un rechazo, una semana pesada, algo que no salió como esperábamos… y nos bajoneamos. El desánimo se instala y dejamos que los días pasen metidos en esa sensación de no logro. Y, desde ahí, poco a poco, nos vamos alejando de ese deseo de crecer.

Pero hay algo importante que recordar: esas personas que admiras son de carne y hueso. No nacieron “perfectas”. Sintieron cansancio, dudas, fragilidad. La diferencia es que no se empeñaron en caminar solas. Supieron poner su humanidad —tal como era— en manos de Dios, para así seguir mirando con esperanza activa.

Quizá, ahí está la clave: no se trata de imitar desde lejos, sino de “hermanarte” con su historia. Caminar de la mano con ellos, sabiendo que, también, eligieron, una y otra vez, subir el volumen de su vida interior, no quedarse apagados. Se apoyaron en el amor expresado en la cruz de Jesús, se dejaron sostener por la fuerza del Espíritu Santo.

Tu crecimiento, el que se refleja en cómo vives y tratas a los demás, no es un camino solitario ni perfecto. Es un camino acompañado.

Tal vez, hoy no puedes hacer grandes cosas, pero sí algo pequeño con amor: tener paciencia, cumplir bien tu trabajo, escuchar de verdad, agradecer.

No te adormezcas. No porque tengas que exigirte de más, sino porque tu vida vale demasiado como para vivirla en automático.

Despierta un poco cada día. Con eso basta.

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