4 de mayo de 2026

Pésame a la Virgen, Viernes Santo

El pésame a la Virgen no es un evento sacramental, sino una devoción personal muy arraigada en Hispanoamérica.

Este año le correspondía al Padre Gildo, le gustó la idea de que fueran pañuelos y no flores lo que le ofreciéramos a María y que veneráramos sus siete dolores, pidiendo por sus hijos predilectos, los sacerdotes.

El Padre Gildo para la tarde del viernes Santo estaba agotado del Vía Crucis que presidió esa misma mañana; por esta razón el padre Fernando lo relevó con muy buena disposición.

La advocación de la Virgen conocida como “La Dolorosa” suele llevar en sus manos un pañuelo, lo que pocas personas saben es que no es para enjugar sus lágrimas, sino para las tuyas.

Coincide que la advocación mariana de los Misioneros del Espíritu Santo es la Virgen de la Soledad, una Dolorosa.

Este año como gesto de acompañarla en ese dolor inmensurable del Hijo de Dios crucificado, nosotros ofrecimos nuestro pañuelo a la Virgen para que ella secara sus lágrimas.

En las meditaciones de los siete dolores de María, reconocimos que nuestros sacerdotes necesitan de nuestra oración y compañía, que tienen días muy duros, y momentos difíciles, que sirven al rebaño del Señor pero que caen también como Jesús con la Cruz a cuestas. Nuestra oración es fuerza para ellos, es acompañamiento, es gratitud y generosidad.

Se le entregó a cada fiel un pañuelo bendito y cada persona pudo llevarse su propio pañuelo en señal de recordar que María es la madre perfecta, que nosotros somos “Juan” y ella nuestra madre que conoce nuestro corazón y que puede arroparnos en las dificultades de la vida, que sabe por lo que atraviesa cada uno de sus hijos y que siempre nos ofrece su abrazo, su regazo, sus palabras y su pañuelo.

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