En la realidad cotidiana, vemos al trabajo como el fruto de la rebeldía de nuestros primeros padres, resonando en nuestro interior lo dicho por Dios como condena.
Al hombre, le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gen 3,17-19).
La razón de este castigo es esa inteligencia creativa que había ganado a través del conocimiento, al ser capaz de distinguir y valorar sus decisiones, entender los signos de la naturaleza y aprovecharlos.
A través del gran esfuerzo que se requiere para obtener estos frutos y la capacidad de dominarlos y transformarlos, por medio de la paciencia y la perseverancia, arriesgándose y equivocándose, entendiendo a la naturaleza, a la que también es capaz de transformar.
El trabajo deja de ser una maldición y el esfuerzo cotidiano se convierte en bendición, cuando el hombre entiende que es transformador, capaz de llevar paz, atender necesidades, dar salud y descanso, porque el esfuerzo que hace el hombre para llevar el pan a su mesa puede también proveer a otros y ser respuesta de Dios al clamor de alguien.
Sí, este esfuerzo se convierte en una respuesta divina, al entregar con fidelidad y compromiso aquello que crean nuestras manos a lo que nuestros semejantes requieren, convirtiéndonos en artífices de la respuesta de Dios a la necesidad del hombre.
Cuando nuestro trabajo está realizado con alegría y responsabilidad, se convierte en un vehículo de gracias, no solo al obtener los recursos con los que sostenemos a nuestra vida y familia, sino también para aquellos que reciben los frutos de nuestro esfuerzo.
Dios nos llena de bendiciones cuando nuestro trabajo es el auténtico pan y nuestra vida es ese vino que se ofrece en el altar.
