4 de mayo de 2026

Santificar el trabajo

En la realidad cotidiana, vemos al trabajo como el fruto de la rebeldía de nuestros primeros padres, resonando en nuestro interior lo dicho por Dios como condena.

Al hombre, le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gen 3,17-19).

La razón de este castigo es esa inteligencia creativa que había ganado a través del conocimiento, al ser capaz de distinguir y valorar sus decisiones, entender los signos de la naturaleza y aprovecharlos. 

A través del gran esfuerzo que se requiere para obtener estos frutos y la capacidad de dominarlos y transformarlos, por medio de la paciencia y la perseverancia, arriesgándose y equivocándose, entendiendo a la naturaleza, a la que también es capaz de transformar. 

El trabajo deja de ser una maldición y el esfuerzo cotidiano se convierte en bendición, cuando el hombre entiende que es transformador, capaz de llevar paz, atender necesidades, dar salud y descanso, porque el esfuerzo que hace el hombre para llevar el pan a su mesa puede también proveer a otros y ser respuesta de Dios al clamor de alguien.

Sí, este esfuerzo se convierte en una respuesta divina, al entregar con fidelidad y compromiso aquello que crean nuestras manos a lo que nuestros semejantes requieren, convirtiéndonos en artífices de la respuesta de Dios a la necesidad del hombre.

Cuando nuestro trabajo está realizado con alegría y responsabilidad, se convierte en un vehículo de gracias, no solo al obtener los recursos con los que sostenemos a nuestra vida y familia, sino también para aquellos que reciben los frutos de nuestro esfuerzo.

Dios nos llena de bendiciones cuando nuestro trabajo es el auténtico pan y nuestra vida es ese vino que se ofrece en el altar.

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