Como todo lo de Dios, Pentecostés está envuelto en el más hermoso misterio, no por lo incomprensible sino por lo inabarcable: Le pedimos que venga, cuando es la realidad divina más presente que nos hace ser.
Jesús había dicho: “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”. El Espíritu Santo también salió del Padre, también vino al mundo, no para encarnarse, pero no vuelve al Padre.
Querámoslo o no, pidámoslo o no, el Espíritu Santo es, está, hace posible una creación en continuo asombro por lo sencillo de nuestras peticiones:
- Lava lo que está sucio,
- Riega lo que está seco,
- Sana lo que está enfermo,
- Doblega lo que está rígido,
- Calienta lo que está frío,
- Endereza lo que está desviado,
- Pon silencio en nuestros ruidos,
- Llena lo más íntimo de nuestros corazones.
Y no solo viene a poner orden, paz, armonía, en nuestras personas; viene a santificarnos y transformarnos en Cristo, viene para que nuestras realidades de cada día sean fuente de armonía, luz y amor y, por eso, sabemos cómo debemos caminar y por dónde debemos vivir. “Concede a tus fieles, que en ti confían, tus siete dones: danos el premio de la virtud, el puerto de la salvación y la felicidad eterna”.
El Espíritu Santo llena el vacío del hombre: mientras más lleno de Espíritu Santo esté el hombre, más ligero y libre es. Los espacios, donde no está el Espíritu Santo, son vacíos, muy pesados. Nada pesa tanto como el vacío de Dios, porque lo suplimos con ideologías, posesiones, persecuciones, luces artificiales que ensombrecen más en cuanto aparecen.
El Espíritu Santo es Dios, amor, plenitud de vida, verdad liberadora de acciones solidarias para crear y recrear un mundo pensado y querido por Dios con sabiduría, amor, armonía y esperanza.
Espíritu Santo y Santificador, ven a renovar lo más íntimo y profundo de los hombres. Crea una humanidad nueva, no otra, sino esta misma, pero viviendo de acuerdo con el plan salvífico de Dios
