El Jueves Santo, volvemos a vivir (sí, así, no solo conmemorar, sino volver a vivir) la institución de la Eucaristía, el pan por medio del cual Jesús se quedó con nosotros hasta el final de los tiempos. Este pan, que es Cristo mismo, es el misterio más grande de nuestra fe y, al mismo tiempo, el acto de amor más bonito dejado por nuestro Dios para nuestro pueblo.
La Iglesia, desde el inicio de su historia, ha reflexionado lo que implica este Sacramento, por medio del cual el mismo Jesús se da a sí mismo, el cual transforma el pan en cuerpo y el vino en sangre de forma real y transubstancial. El catecismo de la Iglesia católica lo define, en su parágrafo 1324, como el “centro y culmen de toda la vida cristiana”, el cual ordena no solo al resto de los sacramentos, sino también a toda la actividad de la vida eclesial.
En ese sentido, la Eucaristía se vuelve para nosotros un ejemplo claro de entrega. De forma metafórica, pero también ejemplar, el pan Eucarístico se vuelve una invitación a ser pan partido, compartido y repartido. Nos llama a salir de nosotros mismos y a darnos; a unirnos con Cristo de forma Eucarística, no solo mediante la fracción del pan, sino también en la ayuda hacia los hermanos; partirnos y repartirnos en nuestro tiempo y en nuestra caridad.
Que este Jueves Santo sea para nosotros una nueva invitación, para que ese pan nos alimente en nuestra alma y en nuestra unión con el prójimo, a ejemplo del Dios que se hizo carne, quiso morir por nosotros y enseñarnos, con su resurrección, que la muerte nunca más tendría el final.
¡Ánimo Firme! ¡Qué viva la cruz (Eucarística)!
