Sí, es necesario ser conscientes de que la vida pierde su sentido, su cadencia, cuando nos alejamos de Dios. Al alma le sucede de manera similar: se cansa, se abruma y pierde sentido sin la luz de Dios. Con la saturación del ruido exterior y la abundancia de actividad de nuestra época, también el corazón y el alma se desgastan, no solo el cuerpo se agota.
Hay un cansancio particular, consecuencia del mucho trabajar, pero es más profundo el agotamiento que surge de no encontrar sentido al trabajo o también de la soledad y la desorientación, que acompañan nuestros esfuerzos. El alma se cansa, particularmente, cuando se aleja del amor de Dios; nos cansamos no solo por lo que hacemos, sino por cómo lo hacemos, ya que una acción, hecha sin amor y cercanía con Dios, se vuelve carga.
Ciertamente, Jesús nuestro Señor, también se cansaba en esta vida terrena; el Evangelio, en Jn 4, 6, nos muestra a Jesús, “cansado del camino”, un cansancio que era producido no solamente por la jornada y el caminar, sino de amar sin ser comprendido, de quien busca almas y recibe indiferencia.
El descanso verdadero es confiar y abandonarse en Dios; nuestro Señor Jesucristo, aún en medio del cansancio, confió en que, sembrando su Palabra, en algún momento, daría fruto. Y, comprendiendo el cansancio humano, sobre todo el del alma humana, nos invitó: “Venid de mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré” (Mt 11, 28).
El descanso, al que se refiere Jesús en el Evangelio, no consiste en ya no hacer nada, en desistir, sino en aprender de Él a vivir con un corazón manso y humilde, a confiar; es vivir el cansancio con fe. El descanso cristiano no es cerrar los ojos y desconectarse; es mirar a Dios con confianza, es abrir las heridas para que Él las toque y las transforme; es dejarnos mirar por Él, permitir que nos limpie y purifique, que nos abrace y nos devuelva el sentido de vida, el sentido de nuestra labor. ¡El descanso cristiano produce abundancia de sentido, más luz!
Es renovación espiritual que nos ayuda a dejar de intentar controlar todo, confiando en que el Padre tiene siempre la última palabra. Así, todo pesa menos. Es decir, con la sencillez de un hijo: “Estoy fatigado y abrumado, pero estoy contigo y eso me basta, me basta Tu gracia”, “Todo lo puedo en Ti que me confortas y consuelas”.
Breve bibliografía espiritual. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2184-2188 (sobre el descanso y el domingo).
San Agustín, Confesiones, I,1: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestra alma no descansa sino en Ti”.
