Queridos lectores, los invito a reflexionar sobre la persona de Jesús y su divinidad. Nos dice San Juan, en su Evangelio, Jn.1,1-18:
“La Palabra se hizo carne”
Jesús no es simplemente un hombre bueno o un profeta, sino la Palabra eterna de Dios (el Logos), que existía desde siempre y que es Dios. No vino con truenos ni poder, sino en el silencio de un pesebre, en la vulnerabilidad de un niño. Dios descendió para habitar no en templos de piedra, sino en el corazón humano.
“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.”
Dios no se quedó lejano ni indiferente: entró en la historia humana, asumió nuestra carne, nuestra fragilidad, nuestras alegrías y sufrimientos. Se acercó a nosotros para salvarnos, no desde arriba, sino desde adentro. Dios bajó para estar en medio de nuestra vida cotidiana, en medio de nuestras luces y sombras, nuestras luchas y esperanzas.
Jesús es la “Luz verdadera” que brilla en lo profundo, incluso donde parece haber oscuridad. Y quien abre el corazón a esa Luz recibe un nuevo nacimiento: “ser hijo de Dios”. Se trata de una nueva identidad: en Cristo, somos hijos amados del Padre.
Jesús transforma la oscuridad en lugar de encuentro. Él no promete caminos fáciles, promete estar con nosotros. Su Luz no solo nos guía, nos habita. Jesús es la Palabra que quiere hablarle hoy a tu corazón. Si abrimos el corazón, esa luz nos transforma.
Cada uno de nosotros está llamado a ser testigo de la Luz, en medio de un mundo que, a menudo, vive en oscuridad; que vive sin Dios. La Palabra eterna quiere encarnarse en ti: en tus gestos, tu manera de amar, tu compasión. Acoger a Cristo no es solo creer, es dejarse transformar por su presencia viva. Cada corazón que se abre se convierte en morada de Dios, en una pequeña “Belén” donde Él vuelve a nacer.
Oremos a Dios diciendo:
Palabra eterna del Padre, silencio lleno de luz, que bajaste del cielo para habitar entre nosotros, ven a morar en lo más hondo de mi corazón. Ilumina mis sombras con tu presencia suave y fuerte. Que mi vida sea templo donde tu amor se haga visible, que cada gesto revele tu rostro y que yo viva unido a Ti, y concédeme ser luz, que ninguna tiniebla pueda apagar. Amén.
