15 de marzo de 2026

No ser espectadores, sino participantes

Seguramente, conoces a Zaqueo, el hombre que se subió a un árbol, para ver a Jesús pasar por Jericó (Lc 19,1-10). Si todo hubiera quedado en eso, en verlo pasar, no sabríamos nada de él. Conocemos su historia, porque vivió un encuentro que le cambió la vida. Así ocurre con la vocación: toda historia vocacional implica pasar de ser espectadores a participantes.

Cuando inicié mi vocación como Misionero del Espíritu Santo, era un adolescente de 17 años. Había oído hablar de Jesús, había recibido catequesis y sacramentos, asistía a misa y estudiaba en un colegio católico. Pero, mucho de esto, lo vivía como espectador, como Zaqueo, mirando desde el árbol. ¿Qué sentía entonces? ¿Curiosidad, inquietud, admiración, miedo?

Pero aquel día, Jesús no pasó de largo. Se detuvo, lo miró, lo llamó por su nombre y le propuso algo sorprendente: “¡Zaqueo, baja pronto, porque hoy debo hospedarme en tu casa!”. Así, el espectador se convirtió en participante. Para mí, ese cambio sucedió, en una semana de misiones con los Misioneros del Espíritu Santo, en San Miguel Teotongo, Ciudad de México. Fuera de casa y del colegio, conocí al Dios de mis padres, de una manera distinta. No fue catequesis, fue encuentro. No fue mirar desde lejos, fue experimentar. Caminar por las calles, visitar hogares, escuchar historias, reír y llorar, comer juntos, orar, trabajar y terminar el día cansado pero feliz. Todo esto me llevó a sentir que Dios me miraba con amor. Después de esa semana, mi vida no fue la misma. Mi historia había dado un giro; sin saberlo, me estaba enamorando de Jesús.

Nuestro Dios se ha encarnado. Solo participando en la vida y las relaciones podemos conocerlo: viendo, oyendo, caminando, compartiendo retos y alegrías. Es, en esta participación, donde nuestra vocación se ilumina poco a poco.

La Iglesia está llamada a ser un espacio de participación, donde cada persona viva un encuentro real. Difícilmente será la Iglesia de Jesús, si la mayoría se queda como espectadora: asistentes pasivos a ceremonias o receptores de costumbres. Ser Pueblo sacerdotal implica construir comunidades, donde todos seamos miembros activos, corresponsables y acogidos como “conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19). Solo así podremos descubrirnos llamados por nuestro nombre, como Zaqueo, y nuestra historia será otra.

Deja un comentario