Hay heridas que llegan como tormentas. Una muerte, una ruptura, una enfermedad, una pérdida que cambia el paisaje entero de nuestra vida. Pero hay otras, mucho más pequeñas: comentarios, decepciones, silencios, cansancios que se acumulan. Esos pequeños cortes de papel, que parecen no importar y que, sin embargo, también pueden hacernos sangrar.
Taylor Swift utilizó alguna vez esa imagen: morir por mil pequeños cortes. Y, quizá, la vida también exige aprender a reconocerlos antes de que nos desgasten por completo. No todo lo que nos hiere necesita convertirse en una gran tragedia para merecer nuestra atención.
Pienso en los bonsáis. Su belleza no está en haber crecido sin dificultad, sino precisamente en la forma que han ido tomando. Se podan ramas, se corrigen direcciones, se busca la luz. Una rama puede doblarse, rodear un obstáculo o crecer hacia otro espacio. El árbol no vuelve a ser el que hubiera sido sin esas intervenciones. Se transforma. Tal vez, nosotros también.
La resiliencia no consiste en fingir que nada pasó, ni en quedarnos para siempre mirando la rama que se rompió. A veces, significa adaptarnos, cambiar de dirección, poner un límite, alejarnos de aquello que constantemente vuelve a abrir la misma herida. Incluso, algunas veces, romper por lo sano.
Hay algo profundamente espiritual en esto. La Creación no permanece intacta; se transforma continuamente. La vida encuentra caminos nuevos, cicatriza, se adapta y vuelve a buscar la luz.
Quizá, Dios también se revele ahí; no solamente en aquello que permanece, sino en la posibilidad de convertir una herida en una nueva forma de crecer.
Un bonsái conserva las marcas de su historia. No las esconde, son parte de su belleza.
Tal vez, nosotros tampoco tengamos que regresar a quienes éramos antes. Tal vez, se trate simplemente de seguir creciendo, con nuestras cicatrices, buscando siempre un poco más de luz.
