2 de noviembre de 2026

¿Por qué Dios nos quiere tanto?

Porque estamos hechos a su imagen y semejanza. A veces, al hombre no le basta eso y quiere ser como Dios. Somos poca cosa y, sin embargo, Dios nos ama.  Él nos dice: “No intentes comprender por qué te quiero. No podrías”.

En tiempos de los primeros cristianos (Hch. 2,46), había una característica que llamaba la atención de todos: la alegría. Estaba muy cercano el paso de Nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía, algunos aún tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. 

También, estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la libertad que trajo el Redentor. 

Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces, duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez, hoy, más que nunca, apreciamos a la alegría como una característica de las personas santas.

La alegría es misteriosa: muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta, con su sonrisa y alegría que salía del alma, mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos, que todo el mundo rechazaba.

Como nos dice el Papa Juan Pablo II (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y, también, forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar, en lo íntimo, un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo… ¡No apaguéis esta alegría, que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado!

Todos tenemos quebrantamientos, penas, pero, a un corazón quebrantado, Dios no deja de escucharle. Además ¡Jesús ha resucitado! 

La alegría es uno de los más poderosos aliados que tenemos para alcanzar la victoria (1 Marcos, 3, 2). Este bien solo lo perdemos por el alejamiento de Dios (la tibieza, el egoísmo de pensar en nosotros mismos), o cuando no aceptamos la Cruz, que nos llega de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones.

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