2 de noviembre de 2026

Benedicencia

Perfume de benignidad: Oración para sanar nuestras palabras 

Señor Jesús, hoy, nos acercamos a ti con el corazón abierto, agradeciéndote el inmenso regalo que nos dejaste a través de la vida y el legado de tu sierva, Conchita Cabrera de Armida. Nos reunimos en tu presencia para meditar en las verdades profundas que le revelaste y para pedirte que grabes en nuestra alma el valor de las virtudes, especialmente el de la benignidad.

Te pedimos perdón, Señor, porque, con frecuencia, caemos en la fragilidad de la murmuración. Qué común es entre nosotros hablar mal de los demás y, en arranques de enojo o impaciencia, hacer más grandes los defectos de nuestros hermanos. Reconocemos el profundo daño que esto causa en nuestras familias, grupos y comunidades, dividiendo lo que tú has unido y apagando el amor.

Tú le enseñaste a Conchita que la benignidad es hija de la santidad y fruto del Espíritu Santo en un alma limpia. Por eso, te rogamos que purifiques nuestras vidas:

Limpia nuestros corazones de toda soberbia, inquietud y veleidad, sabiendo que, en el orgullo, no puede albergarse tu gracia.

Haz que la benignidad encuentre en nosotros su nido en la paz y su apoyo en la paciencia, para que aprendamos a esperar, comprender y perdonar con serenidad.

Que nuestro trato diario con el prójimo sea el campo donde esta virtud se derrame como un perfume suavísimo, capaz de curar heridas, consolar corazones y hacer un bien profundo a las almas que nos rodean.

Recordamos que este bien decir no nace de nuestras fuerzas, sino que se funda en una humildad profundísima. Danos la gracia de reconocernos pequeños y necesitados de ti, para no levantarnos como jueces de nuestros hermanos.

Te pedimos, de manera especial, el don del discernimiento: enséñanos cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar. Que nuestra boca solo se abra para edificar, sanar y bendecir, y que nuestro silencio sea prudente y lleno de amor.

Concédenos la sabiduría para comprender que nuestra misión, por encima de todo, es darte gusto y agradarte a ti, Señor, y no a los hombres. Permítenos vivir buscando únicamente tu sonrisa y la gloria de tu nombre.

Amén.

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